Oscar Tacca – La vida ha sido generosa conmigo…

Oscar Tacca – La vida ha sido generosa conmigo.

Miembro de Número en la Academia Argentina de Letras.

Casi biografía.

Oscar Tacca – La vida ha sido generosa conmigo…

Oscar Tacca, nacido en 1926 en Santa Fe de la Vera Cruz, era profesor en la Universidad Nacional del Nordeste con sede en Resistencia, provincia del Chaco. Fue Director del Instituto de Letras de la Facultad de Humanidades. Director fundador de las revistas Nordeste y Cuadernos de Literatura editados por la citada Universidad.

Desde 1984, desempeñó las funciones de Decano normalizador en aquella Facultad de Humanidades del Nordeste; culminó su carrera como Profesor Extraordinario y logró su jubilación en 1991. Fue Miembro Correspondiente de la Academia Argentina de Letras y llegó en 1992 a la sede de esa institución –el Palacio Errásuriz de avenida Libertador 1902-, para participar en el acto de presentación del libro España y el Nuevo Mundo – Un diálogo de quinientos años y después de breve diálogos, se sentó cerca del disertante, a la izquierda del escritor y periodista José Luis Víttori, también académico correspondiente.

Miembro de Número en la Academia Argentina de Letras.

En el suplemento semanal “Cultura y Ciencia” del diario “El Litoral” de la capital santafesina, el sábado 2 de julio de 1994, en la quinta página, con el título “La vida ha sido generosa conmigo”, reiteraron “palabras previas a la disertación con motivo de su incorporación a la Academia Argentina de Letras” como Miembro de Número al ser residente en la capital federal, ubicado en el sillón que ocuparon los maestros Ricardo Gutiérrez y Fermín Estrella Gutiérrez.

Comenzó el acto con la disertación del académico Jorge Calvetti, vicepresidente en ejercicio de la presidencia quien entregó al nuevo miembro una medalla y el diploma pertinente. Las palabras de bienvenida fueron expresadas por el señor Federico Peltzer. [1]

Casi biografía…

Había expresado el profesor Oscar Tacca:

“Podría empezar diciendo que vengo del Litoral, porque a orillas del Paraná están las tres o cuatro ciudades que han contado en mi vida:  Santa Fe, donde nací, en un hogar modesto formado por hijos de aquellos inmigrantes del siglo pasado que, sin darse cuenta, hicieron el país. A don Ernesto, y a doña Carolina quiero evocar esta tarde y dedicarles la exposición.

Allá hice los estudios primarios y secundarios. De aquellos años datan recuerdos imborrables, unidos al afecto o al respeto de amigos singulares, entre quienes sólo nombraré a Gastón Gori y a José Luis Víttori, porque hoy también son miembros de esta Academia.

En Paraná cursé estudios de letras en aquella casa de pasado ilustre, la Escuela Normal fundada por Sarmiento, en cuyas aulas funcionaba de tarde el Instituto del Profesorado, y donde -fresco aún el magisterio de Carlos María Onetti- tuvimos la dicha de aprovechar la enseñanza de Cortés Conde, de Solá González, de Rubén Turi o de Mlle. Grossemy.   Eran los años en que florecía una incitante pléyade de poetas y pintores excepcionales (llamados hoy generaciones del cuarenta) que actuaban solidariamente a uno y otro lado del gran río, y que, obrando conjuntamente hacían posible visitas -aún las recuerdo vivamente- tan ilustres como las de Juan Ramón Jiménez, León Felipe o Nicolás Guillén.

Hay luego en paréntesis de tres años, no litoraleños, en Europa.

Rosario fue otra breve residencia. Estando allí, recibí una noche la llamada de Carlos Alberto Álvarez, memorable poeta entrerriano de las ‘Coplas de querer ser árbol’, a la sazón decano organizador de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Nordeste, que me proponía una cátedra en Resistencia.  Allá fui, pero ésta es ya una etapa en que habíamos dejado atrás la juventud, la inocencia, o la aventura, para ingresar en la ardua y cotidiana enseñanza universitaria.  Los dos o tres años proyectados se hicieron treinta.  Allí nacieron y crecieron los hijos y los libros, la amistad y los afectos: cómo olvidar aquel círculo fiel cuyo centro fue la figura sabia y bondadosa del Dr. Manuel Giménez; o la tertulia de escritores del Café 325, cuyos mentores eran Guido Miranda y Moisés Penchansky; o la Fundación Glombovky, el Fogón de los Arrieros, la Alianza Francesa, la Sade chaqueña.  Cómo olvidar aquéllos con quienes compartimos muchas veces la esperanza y otras tantas el desaliento de bregar (en una centenaria corriente de pensamiento político) por la vigencia constitucional el afianzamiento de la democracia y la libertad de la cultura.  Cómo olvidar, sobre todo, aquellos amigos y colegas del Instituto de Letras que hicieron grata mi vida en Resistencia -en la que, debo decirlo con la más honda emoción, quedaron vivencia y cenizas entrañables”.

Un día llegó al Chaco don Bernardo Canal Feijoó. De ahí data nuestro acercamiento a la Academia (uso el plural porque éramos Alfredo Veiravé –inolvidable- y el que les habla).  Esa amistad con don Bernardo perduraría.

Y aquí estamos hoy, compartiendo los trabajos y los días con los amigos y miembros de la Academia, cuyos talentos y obras nos abrumarían, si no fuese por su afecto y generosidad.  Me eximo de nombrarlos: pero lo haré con uno, porque me he enriquecido con su amistad y magisterio desde hace años, y porque creo -amén de su condición de presidente- que representa a todos por su labor, entrega y cariño a la institución, me refiero naturalmente al doctor Castagnino.  Una última satisfacción, en esta casa, fue para mí la nominación del poeta Aledo Luis Meloni como miembro del Chaco.

La vida ha sido generosa conmigo.  Libros, viajes, trabajo, lectura y escritura, pero sobre todo amigos -tanto colegas como estudiantes- han colmado de felicidad mis días. La mirada retrospectiva se pierde ante un número, y casi en el tiempo.  Una pesada deuda de gratitud me agobia. Pero por qué no resumirla toa en alguien que puede ser la suma y cifra de todos ellos: aquella maestra que tuve en primer grado.  No recuerdo su nombre y tal vez ya no vive. Pero ella me enseñó a leer, y de ese hecho tan simple que resulta milagroso, arranca el mundo maravilloso de la lectura: sustancia dorada de la memoria. Negritas aquí.

Las circunstancias hacen que deba ocupar el sillón puesto bajo la advocación de Ricardo Gutiérrez, el médico y poeta que ha quedado en la memoria no sólo como el último de nuestros románticos, ‘exótico y subjetivo’ según lo definiera Groussac, sino como el médico ejemplar, probo, humanitario y abnegado.

Últimamente lo había ocupado don Fermín Estrella Gutiérrez.  La Academia guarda un cálido recuerdo de su paso y su labor, fecunda y eficiente, como miembro de comisiones, director del Boletín o vicepresidente de la Corporación.  Fino poeta y esmerado prosista, su versación y talento, sus dotes humanas hicieron que levara ‘el maestro a flor de piel’ como dijera Jorge Calvetti en el discurso de adiós definitivo. Aún nos acordamos de la vívida semblanza y valoración de su obra que, en homenaje recordatorio, hicieran en la Feria del Libro de 1991, Raúl Castagnino, Ángel Mazzei y Antonio Requeni.

Por último, quiero agradecer las palabras de presentación de Federico Peltzer, a quien estimo y admiro, dictadas por una enorme cuota de amistad y de indulgencia.

El académico Oscar Tacca, luego habló sobre Libros genéricamente atípicos.

Lecturas y síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

 

[1] El Prof. Oscar Tacca La Fundación Susana Gombovsky -recordación de la escritora y pintora chaqueña- premia a escritores chaqueños y  el 13 de junio de 1983 distinguió a Oscar Tacca por su ensayo acerca de Cultura y Política.  Por su ensayo titulado Sarmiento y la Revolución Francesa recibió el segundo premio del diario “La Nación” de Buenos Aires.