17-08-1850: tránsito a la inmortalidad de José de San Martín

Nació en Yapeyú el 25 de febrero de 1778 y tenía ocho años cuando junto a su familia se trasladó a España donde recibió instrucción primaria y estudió en el Seminario de Nobles de Madrid, ingresando luego en el Regimiento de Murcia.  Participó en las batallas de Arjonilla y Bailén.

En Cádiz ingresó en la Logia Lautaro, impulsora de la emancipación americana.  En 1812 abandonó su carrera militar y regresó a Buenos Aires ofreciendo sus servicios a su patria.

En el combate de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813, en las proximidades del Convento de San Carlos con 120 hombres presentó batalla al Comandante realista Juan Antonio Zabala que incursionaba en el litoral.  Salvó su vida gracias al sargento correntino Juan Bautista Cabral.  En 1814 se hizo cargo del derrotado ejército del norte y cerca de la Posta de Yatasto se abrazó  con Manuel Belgrano, a quien reemplazaba.

El 10 de agosto de ese año fue nombrado Gobernador Intendente de Cuyo (actuales territorios de Mendoza, San Luis y San Juan) y dos años después decide atacar a los realistas en Chile y en Perú.   Se encontró con Juan Martín de Pueyrredón en Córdoba y cuando éste asume como Director Supremo de las Provincias Unidas, lo nombra Jefe del Ejército de los Andes.  Se acelera la reunión del Congreso que debía declarar la Independencia en Tucumán (1816) y San Martín organizó sus tropas en Plumerillo.

Contrajo matrimonio con Remedios Escalada.   Cruzó los Andes y el 12 de febrero de 1817 vencieron en la batalla de Chacabuco, tomando prisionero al jefe realista General Marcó del Pont, quien fue enviado a San Luis.

Hay cambio de autoridades y aunque San Martín no fue postulado, renunció.  Asumió como Director Supremo Bernardo O’Higgins.  Llegó la derrota en Cancha Rayada y el 5 de abril de 1818, en la batalla de Maipú vuelven a triunfar los granaderos. Se logra la independencia de Chile y avanza hacia el Perú.  Entró en la capital y proclamó la independencia el 26 de junio de 1821.  Apoyado por las fuerzas de Simón Bolívar derrotó definitivamente a los realistas.  Renunció al cargo de Protector del Perú y regresó a Buenos Aires.  Su esposa había fallecido.

Partió con su hija con destino a Europa, el 10 de febrero de 1824, preocupado por el destino de su patria.

Exilio en Francia

José de San Martín vivió en Grand Bourg hasta mayo de 1848.  Decidió alejarse de París tras los movimientos iniciados en febrero de ese año, cuando pequeños burgueses, industriales y algunos integrantes de la Guardia Nacional conspiraron contra el rey Luis Felipe de Orleáns, prácticamente uno de los representantes de la burguesía financiera.

Durante aquella primavera europea, el general y su familia se trasladaron a Boulogne-sur-Mer, un pueblo pesquero que por la cercanía con Inglaterra podría ser el sitio de embarque si continuaba la lucha armada.

Proclamada la República, cuando advirtieron que aquella burguesía se apropiaba del triunfo, organizaron otra sublevación y en junio aproximadamente veinte mil obreros armados enfrentaron a un ejército de trescientos mil soldados. Las fogatas y las barricadas acosaron a la población en las calles parisinas y después de varios días de combate, los rebeldes fueron derrotados, entre ellos estaba Carlos Guido y Spano, hijo de Tomás Guido, el amigo de José de San Martín.

En ese tiempo, el general en el exilio como consecuencia de sus “cataratas” ya no podía leer ni escribir, tampoco pintaba estampas ni se dedicaba a trabajos de carpintería como era su costumbre.

Pudieron operarlo de su afección visual pero no mejoró su estado general porque continuaron los intensos dolores estomacales y la continua necesidad de ingerir calmantes.

Estaba junto a su hija Mercedes cuando sintió que llegaba el momento del desenlace y expresó: “Es la tempestad que conduce al puerto”.

Al evocar la trayectoria del general don José de San Martín, es oportuno reiterar algunos textos poco difundidos.

En el segundo número de la Revista Nacional (Año I, Tomo I, Nº 2), el 1º de junio de 1886 reiteraron  el texto completo de una carta del general San Martín escrita dos años antes de su fallecimiento en Boulogne-sur-Mer..

21-09-1848 – Carta al presidente del Perú

Comenzaba el otoño en el hemisferio norte, cuando el general José de San Martín citó la carta que enviaría al Presidente del Perú general D. Ramón Castilla, respondiendo a su carta del 13 de mayo de 1848.

Después de explicar sobre el motivo del atraso, por la demora de tres meses hasta que hubo llegado a su poder, le expresa su satisfacción porque, en ella había expuesto sobre “su carrera militar bien interesante” y le comunicó “un extracto” de la suya.

San Martín, militar… según su testimonio escrito.

“…Yo serví en el Ejército Español en la Península, desde la edad de 13 hasta 34 años, hasta el grado de Teniente Coronel de Caballería: una reunión de americanos de Cádiz, sabedores de los primeros movimientos acaecidos en Caracas, Buenos Aires, etc. resolvieron regresar cada uno al país de nuestro nacimiento, a fin de prestarle nuestros servicios en la lucha que calculábamos se había de empeñar.  Yo llegué a Buenos Aires a principios de 1812; fui recibido por la Junta Gubernativa de aquella época, por uno de los vocales con favor, y por los dos restantes con una desconfianza muy marcada: por otra parte, con muy pocas relaciones de familia en mi propio país, y sin otro apoyo que mis buenos deseos de serle útil, sufrí este contraste con constancia, hasta que las circunstancias me pusieron en situación de disipar toda prevención, y poder seguir sin trabas las vicisitudes de la guerra de la Independencia.  En el período de diez años de mi carrera pública en diferentes mandos y estados, la política que me propuse seguir fue invariable en dos solos puntos, y que la suerte y circunstancias más que el cálculo favorecieron mis miras, especialmente en la primera, a saber, la de no mezclarme en los partidos que alternativamente dominaron en aquella época en Buenos Aires, a lo que contribuyó mi ausencia de aquella capital por el espacio de nueve años.

El segundo punto fue el de mirar a todos los Estados Americanos en que las fuerzas de mi mando penetraron, como estados hermanos interesados todos en un santo y mismo fin. Consecuente con este justísimo principio mi primer paso era hacer declarar su independencia y crearles una fuerza militar propia que la asegurase.  He aquí, mi querido General, un corto análisis de mi vida pública seguida en América; yo hubiera tenido la más completa satisfacción habiéndola puesto fin con la terminación de la guerra de la Independencia en el Perú, pero mi entrevista en Guayaquil con el General Bolívar me convenció (no obstante sus protestas) que el solo obstáculo de su venida al Perú con el Ejército a su mando, no era otro que la presencia del General San Martín, a pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme bajo sus órdenes con todas las fuerzas de que yo disponía.

Si algún servicio tiene que agradecerme la América, es el de mi retirada de Lima, paso que no solo comprometía mi honor y reputación, sino que me era tanto más sensible, cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas en Colombia, la guerra de la Independencia hubiera sido terminada en todo el año 23.  Pero este costoso sacrificio y el no pequeño de tener que guardar silencio absoluto (tan necesario en aquellas circunstancias), de los motivos que me obligaron a dar ese paso, son esfuerzos que ud. podrá calcular y que no está al alcance de todos poderlos apreciar. Ahora solo me resta para terminar mi exposición, decir a usted las razones que motivaron el ostracismo voluntario de mi patria.

De regreso de Lima fui a habitar una chacra que poseo en las inmediaciones de Mendoza; ni este absoluto retiro, ni el haber cortado con estudio todas mis antiguas relaciones, y sobre todo, la garantía que ofrecía mi conducta desprendida de toda facción o partido en el transcurso de mi carrera pública, no pudieron ponerme a cubierto de las desconfianzas del Gobierno que en esta época existía en Buenos Aires: sus papeles ministeriales me hicieron una guerra sostenida, exponiendo que un soldado afortunado se proponía someter a la República al régimen militar y sustituía este sistema al orden legal y libre.  Por otra parte, la oposición al gobierno se servía de mi nombre, y sin mi conocimiento y aprobación, manifestaba en sus periódicos, que yo era el solo hombre capaz de organizar el Estado y reunir las provincias que se hallaban en disidencia en la capital.  En estas circunstancias me convencí que, por desgracia mía, había figurado en la revolución más de lo que yo había deseado, lo que me impediría poder seguir entre los partidos una línea de conducta imparcial: en su consecuencia, y para disipar toda idea ambición ningún género de mando, me embarqué para Europa en donde permanecí hasta el año 29, que invitado tanto por el Gobierno como por varios amigos que me demostraban garantías de orden y tranquilidad que ofrecía el país, regresé a Buenos Aires.  Por desgracia mía, a mi arribo a esta ciudad me encontré con la revolución del General Lavalle, y sin desembarcar, regresé otra vez a Europa, prefiriendo este nuevo destierro a verme obligado a tomar parte en disensiones civiles.

A la edad de 71 años, una salud enteramente arruinada y casi ciego con la enfermedad de cataratas, esperaba, aunque contra todos mis deseos, terminar en este país una vida achacosa; pero los sucesos ocurridos desde Febrero han puesto en problema dónde iré a dejar mis huesos, aunque por mí personalmente no trepidaría permanecer en este país, pero no puedo exponer a mi familia a las vicisitudes y consecuencias de la revolución.

Será para mí una satisfacción entablar con ud. una correspondencia seguida; pero mi falta de vista me obliga a servirme de mano ajena lo que me contraria infinito, pues acostumbrado toda mi vida a escribir por mí mismo mi correspondencia particular, me cuesta un trabajo y dificultad increíble el dictar una carta por la falta de costumbre; así espero que ud. dispensará las incorrecciones que encuentre”…

Memoria entre los argentinos…

Es oportuno tener en cuenta que el 5 de abril de 1933, en la ciudad de Buenos Aires se constituyó el Instituto Nacional Sanmartiniano y fue electo presidente Don José Pacífico Otero.

Diez años después, el 16 de agosto de 1943, en víspera de otro aniversario de su fallecimiento, el gobierno creó la Orden del General San Martín, con el propósito de distinguir a las personalidades que presten servicios extraordinarios a la Argentina y a la humanidad.

En ese tiempo se destacaba el coronel Juan Domingo Perón por las innovaciones desde el Departamento del Trabajo -luego Secretaría de Trabajo y Previsión-, ministro de guerra y también vicepresidente de la Nación.

El 31 de diciembre de 1944, el Coronel Perón en su mensaje de salutación con motivo de la finalización del año, expresó:

“Mucho queda por hacer y todos comprendemos la magnitud de la tarea. Acaso seas necesario acudir al recuerdo de nuestros primeros estadistas para conmover, con sus palabras, la sensibilidad de quienes todavía no han abierto su corazón a la ansiedad colectiva de justicia para todos. Pero tal vez el pueblo, siguiendo el consejo de San Martín, ya haya aprendido a distinguir ‘entre los que trabajan por su salud y los que editan en su ruina’.”  [i]

 

El 12 de octubre de 1946, el coronel Juan Domingo Perón fue condecorado con el Collar de la Orden de Isabel La Católica y al agradecer esa distinción recordó al General José de San Martín diciendo:

“El valor criollo del general San Martín, derrochado en los campos de Bailén, sirvió para que, con el andar de los años, nos trajera la decisión de luchar por la independencia americana, con igual ardor que allí luchara él para conquistar la independencia peninsular. De este modo, San Martín pudo dejarnos, junto al legado de una patria inmaculada, la herencia de la raza que corría por la sangre de sus venas.” [ii]

En el centenario del tránsito a su inmortalidad, se estableció el  “Año del Libertador General San Martín”  -con constancia en todos los documentos- y en todas las escuelas argentinas, se organizó el Rincón Sanmartiniano”.

(Todavía tendrían que estar esos ‘rincones’, enriquecidos con el material que en cada escuela se agregó, si no hubiera atemorizado tanto el Decr. 4161 del 5 de marzo de 1956, que significó la destrucción de valioso material didáctico distribuido en ese tiempo, porque se ordenaba destruir todo lo impreso para que no quedaran vestigios de los diez años de aquella innegable revolución nacional que marcó un punto de inflexión en las interrelaciones laborales, políticas y sociales.)

Durante la concentración popular realizada en Mendoza el 31 de diciembre de 1950, el coronel Perón afirmó:

“Nosotros, los justicialistas, pensamos interpretar al General San Martín cuando queremos una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. Nosotros pensamos que si San Martín viviera en este tiempo querría un pueblo compuesto por trabajadores dignos y libres, por hombres que, unidos por el patriótico sentimiento de la hermandad que debe unir al pueblo argentino, trabajan mancomunados para asegurar su propia felicidad y la grandeza futura de esta patria tan querida.”

“Un general, si es a la vez un conductor, no sólo ha de mandar su ejército. Es menester que personalmente lo forme, que lo dote, lo organice, lo alimente y lo instruya. A menudo con el conductor muere también su ejército. Sobreviven de ellos su gloria, su tradición y su ejemplo». Agregó: «El general se hace; el conductor nace. El general es un técnico; el conductor es un artista.

San Martín con Napoleón son los dos únicos hombres que en el siglo XIX llenan tales características del arte guerrero, por eso son ellos también las más altas cumbres del genio de la historia militar de este siglo.”  [iii]

Síntesis: Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

27 de junio de 1994.

[i] Perón, Juan Domingo. Habla Perón. Volumen 1. Secretaría de Trabajo y Previsión. Buenos Aires, Ediciones de la Liberación, 1973, p. 37.

[ii] Perón, Juan Domingo. Habla Perón. Volumen 2. Secretaría de Trabajo y Previsión. Buenos Aires, Ediciones de la Liberación, 1973, p. 104.

[iii] Ibídem, p. 61.