Estás aquí
Inicio > Arte > Arte de vivir y convivir > Voces y ecos de trinos…

Voces y ecos de trinos…

Voces y ecos de trinos.

Pájaros en la poesía precolombina.

Canto a Hutzilopochtli

Atavíos a Huitzilopochtli

Cantos de cosas chichimecas.

Popol Vuh.

2003: memoria necesaria.

Otoño melancólico.

  1. Piquiriquitraque.
  2. A dormir la siesta.
  3. El barrilete
  4. Donde un quijote azul me sonreía.
  5. Bajo un cielo de ojos.
  6. Siesta.
  7. Junio melancólico.
  8. La tapera gringa.
  9. A José Pedroni
  10. Cleo, el payaso.
  11. Escuela “Espinillo”.
  12. La casa blanca. 18
  13. La leyenda del palo borracho.

Desde Sauce Viejo: percepciones de Miriam Patricia Marsó.

Narraciones de… “el Patriarca de los Pájaros”.

Relatos de José Luis Víttori.

Alusiones de Juan José Saer.

“Aventura de los destructores de nidos”.

2004: Ecos de trinos y bandadas.

Más allá, juntito al río.

El nido.

El nido.

El colibrí

Colibrí

El benteveo.

El cardenal

El jilguero.

Colibrí

Palomita en la playa.

El pago de los cardenales.

El benteveo.

La  gallareta.

El picaflor.

El tordo.

Pitojuan.

Pampa.

Por qué en octubre, hermana.

Postales de un álbum de provincia.

Todo asomaba al escuchar tu paso.

No pido nada.

Las alas que tú me das.

La calandria muerta.

Regresada.

Leyenda – El crespín.

Leyenda – El cacuy.

Leyenda – El hornero.

Leyenda de la paloma de la puñalada.

Leyenda del caraú.

Por los senderos del arte de vivir y convivir.

2005: poemas en librillos.

De Oscar Agú.

El jardín de la Tere.

Haiku de Oreste Abiatte.

Beatriz Vallejo entre Rosario y Rincón.

Golondrina.

2006:  Semana de los pájaros.

“Palabra y piedras lanzadas”.

Qué me importa.

Ven palabra.

Como un viento fugaz.

Tu vuelo.

A pesar de las distancias.

Materia ardiente.

A Hugo Mandón.

A Gastón Gori

Crece la bandada.

Golondrinas.

El benteveo.

El palo rosa.

La calandria entre las leñas.

Crespín.

Tacuarita.

Garza.

Un corazón de picaflor.

El gorrión.

Zunilda Gaite.

Nada parece despiadado.

Desde Sauce Viejo…

Como en el cielo.

Los benteveos.

El pájaro casi invisible.

Palomas.

XIII

XVII

Habíamos ido a la fronda.

Paraísos.

Cormorán.

“Me trajo la tormenta”.

¿Y el Infinito qué es?.

Aguateros del tiempo.

Hacia la organización solidaria de la comunidad.

Decir las cosas.

Poder de la organización.

Necesario

Arriba o abajo

Único camino.

Marta Rodil y su arte de vivir y convivir.

Fundar el canto.

“Hay un pueblo…”.

El rincón de larga vida, del tiempo  y de los zorzales.

Más cerca de Gastón Gori y de los pájaros.

Última respuesta de Marta.

Pájaros en la poesía precolombina…

Otoño de 1970.  Aún estaban dispersos los misteriosos personajes que cerca de la mujer tallada, integraron la Cofradía de los Duendes.

Ella junto a Eduardo, su amado amante, leía: [1]

“La literatura indígena americana, oculta y rechazada durante los primeros siglos de la conquista española, se conserva en forma fragmentaria gracias a la tarea libre de prejuicios que unos pocos sacerdotes españoles llevaron a cabo en el nuevo continente, pero sobre todo, gracias al desesperado esfuerzo de los indígenas, empeñados en conservar los testimonios de un pasado memorable.  Si bien los pueblos americanos no lograron un sistema de escritura fonética, se valieron de otras formas representativas que, aunque imperfectas, sirvieron, junto con la tradición oral, para conservar y transmitir su cultura.”

Canto a Hutzilopochtli

Haciendo círculos de jade está tendida la ciudad,

Irradiando rayos de luz cual pluma de quetzal está aquí México;

Junto a ella son llevados en barcas los príncipes;

Sobre ellos se extiende una florida niebla.

¡Es tu casa, Dador de la vida, reinas tú aquí:

en Anáhuac se oyen tus cantos:

sobre los hombres se extienden!

Aquí están en México los sauces blancos,

aquí las blancas espadañas:

tú, cual garza azul extiende tus alas volando,

tú las abres y embelleces a tus siervos.

Él revuelve la hoguera,

de su palabra de mando

hacia los cuatro rumbos del universo.

¡Hay aurora de guerra en la ciudad!

(Ms. Cantares Mexicanos)  p. 11-12

 

Atavíos a Huitzilopochtli

Huitzilopochtli, Guerrero,

Colibrí a la izquierda,

Tus insignias y atavíos:

casco de plumas amarillas

y penacho de quetzales.

Orejeras de pájaro azul,

soplo de sangre en la frente,

a rayas la faz,

a la espalda armas y divisas

de enemigos vencidos.

Huitzilopochtli, Guerrero,

Colibrí a la izquierda,

las caderas atadas con mallas azules,

las piernas color azul claro,

campanillas, cascabeles en las piernas.

Sandalias de príncipe,

serpiente turquesa por ynahual,

rodeada por escudo, el Tehuehuelli,

haz de flechas sobre el escudo,

bastón de serpientes erguido en la diestra,

y en la izquierda, bandera de plumas de quetzalp. 12-13

Cantos de cosas chichimecas

                           (Fragmento)

En la florida estera de los Águilas,

con manojos de flores divinamente labradas,

hace brotar su bello canto mi príncipe Moteuczoma el chichimeca.

……………………………………………………………………………………………………

Tu morada está hecha de pétalos de esmeralda,

cuyo follaje son plumas de Quetzal y que abren sus corolas de oro,

oh mi príncipe chichimeca Moteuczomatzin.

……………………………………………………………………………………………………

Se elevan como el Águila blanca se entreveran como el ave Quetzal,

con las aves color de fuego se han matizado

dentro del cielo Tlacahuepantzin e Ixtilcuechahuac.

……………………………………………………………………………………………………

Descansa aún, oh vecino mío, modelo de príncipes,

Moteuczoma,

entre los árboles del cacao, donde se yergue la Flor de nuestra carne:

aves doradas y sonrosadas revuelan sobre el licor florido.

Canta aún, oh Moteuczoma, fija tus ojos en el templo,

al ir subiendo, fija los ojos en el lugar donde penden ricas plumas.

Donde los hombres nacen, convertidos en aves enfloradas de oro,

Canta el otomí es que te llora a ti, o chichimeca…

Esta él, junto a mí, entre montañas de plumas de quetzal:

fijad la mirada, vecinos tlaxcaltecas: allí está vuestro padre.

En estera de pitadas flores reina:

el ámbito interior del cielo es su morada.

Mi muerte florida: las flores de mi lanza abren su corola.

Canta porque se ha ido el otomí, águila de collar,

nadie puede entender ni comprender su lenguaje que imitamos.

Oh, jamás acabará el plumaje de quetzal del rey Axayácatl:

se hacen cañas de piedras preciosas, se hermosean sus joyeles de collar:

nadie puede entender ni comprender su lenguaje, que imitamos.

Aun cuando en mi canto sufro, sin embargo, alzo mi canto:

hacer otro tanto en vuestros corazones,

pero en verdad yo soy ciertamente otomí.

¿Dónde se ha posado ahora?  Puede elevar su bello canto,

puede aquí tomar sus flores y su sonaja:

Gozad, yo por mi parte soy otomí.

Yo desprecio las flores, nada es mi canto;

soy musaraña de las montañas, felices vosotros amigos míos,

cuyo corazón al parecer está matizado de multicolores gemas.

Yo ambiciono los cantos que ofrecen los hombres de las juncias,

cuyo corazón al parecer está matizado de multicolores gemas.

Se aparecen las flores, se hermosean las flores del blanco otomí:

Dentro de la cabaña está el otomí, cual zacuán.

Con vuestras orejeras multicolores os habéis hecho gloriosos,

Oh mexicanos, dentro de la cabaña del zacuán otomí.

Poesía azteca.

En “Antología precolombina”

Buenos Aires, CEAL, mayo de 1970.

Popol Vuh

                           (Fragmento – 2ª Parte, Capítulo V)

“Humbatz y Hunchouén eran grandes músicos y cantores, habían crecido en medio de muchos trabajos y necesidades y pasaron por muchas penas, pero llegaron a ser muy sabios.  Eran a un a tiempo flautistas, cantores, pintores y talladores, todo lo sabían hacer.”

 

“Sin embargo, no demostraban su sabiduría por la envidia que les tenían pues sus corazones estaban llenos de mala voluntad para ellos, sin que Hunahpú e Ixbalanqué los hubieran ofendido en nada.

 

Estos últimos se ocupaban solamente de tirar con cerbatana todos los días, no eran amados de la abuela ni de Hunbatz, ni de Hunchouén.  No les daban de comer, solamente cuando ya estaba terminada la comida y habían comido Hunbatz y Hunchouén, entonces llegaban ellos. Pero no se enojaban y sufrían calladamente, porque sabían su condición y comprendían todo con claridad.   Traían unos pájaros cuando venían cada día, y Hunbatz y Hunchouén se los comían, sin darle nada a ninguno de los dos, Hunahpú e Ixbalanque.

La única ocupación de Hunbatz y Hunchouén era tocar la flauta y cantar.

Y una vez que Hunahpú e Ixbalanqué llegaron sin traer ninguna clase de pájaros, entraron (en la casa) y se enfureció la abuela:

-¿Por qué no raséis pájaros?, les dijo a Hunahpú e Ixbalanqué.

Y ellos contestaron: -Lo que sucede, abuela nuestra, es que nuestros pájaros se han quedado trabados en el árbol y nosotros no podemos subir a tomarlos, querida abuela.  Si nuestros hermanos mayores así lo quieren, que vengan con nosotros y que vayan a bajar los pájaros, dijeron.

-Está bien, dijeron los hermanos mayores, contestando, iremos con vosotros al amanecer.

………………………………………………………………………………………………………

Iban acompañados de sus hermanos mayores y tirando con la cerbatana. No era posible contar los pájaros que cantaban sobre el árbol y sus hermanos mayores se admiraban de ver tantos pájaros. Había pájaros pero ni uno solo caía al pie del árbol.

-Nuestros pájaros no caen al suelo.  Id a bajarlos, dijeron a sus hermanos mayores.

Muy bien, contestaron éstos.  Y en seguida subieron al árbol, pero el árbol aumentó de tamaño y su tronco se hinchó.  Luego quisieron bajar Hunbatz y Hunchouén, pero ya no pudieron descender de la cima del árbol. p. 47-48

…………………………………………………………………………………………………………………………

Por algo, aún se percibe la resonancia de “cantos marroquíes antiguos”, según la leyenda,  expresados en el quinto cántico,  por “un tal Sidi Hammu”

“Al que tiene el corazón roto, quién se lo sanará

sino la sonrisa del amigo o su palabra.

El corazón que no tiene a quien hablar,

mejor es que se revuelque en el exilio o en la misma muerte.

No podrá decir jamás, aquél que no tiene amigo: yo fui feliz;

porque la vida, sólo los amigos la hace soportable.”

¡Oh, Gastón y Charito… amigos a perpetuidad!…

………………………………………………………………………………………………………………………

2003: memoria necesaria…

No ha sido por casualidad que nuestro amigo, el poeta Jorge Muñoz de San Genaro, haya sentido el impulso de escribir…

Otoño melancólico

                                                                                              (A Gastón Gori)

Tarde abril, nostalgia provinciana

en las calles soleadas de mi pueblo.

Agonía en la lluvia amarillenta

de las hojas marchitas de los fresnos.

Sensación de ociosa pesadumbre,

a través de la ventana miro el cielo

azul brillante, sin pájaros, sin nubes,

se pierde tras los árboles de huerto.

A ratos rompe la quietud callada

el vendedor ambulante y pregonero,

y se ríe sobre el poste de energía

atusando su pico, algún hornero.

Que se puede decir sobre las tardes

que nos deja el otoño aquí en mi pueblo,

perfumes de naranjos y humaredas

y esta sed de vivir mirando el cielo.

                                                                      

Jorge Raúl Muñoz

De “Por los antiguos ríos”.

San  Genaro (Prov. Santa Fe).

……………………………………………………………………………………………………………………….

En la subsecretaría de Cultura de la provincia de Santa Fe, durante la gestión del doctor Jorge Alberto Guillén iniciada el 12 de diciembre de 1983 siendo ministro de Educación el Dr. Domingo José Colasurdo y subsecretario de Educación el destacado maestro Horacio Colombero, en concordancia con lo anunciado por el gobernador CPN José María Vernet, se puso en marcha un proyecto de integración de las áreas de Educación y Cultura desarrollado en el lapso 1984-1986 con los programas y subprogramas elaborados por la coordinadora Nidia Orbea de Fontanini, evaluados por el subsecretario y mediante sucesivas Disposiciones establecidos los organismos de Cultura encargados de la ejecución. Falleció Jorge Guillén en las primeras horas del 2 de septiembre de 1985 en su despacho, en el sector suroeste del Museo Rosa Galisteo de Rodríguez.

Ya había autorizado la edición de Desde Santa Fe… para los niños” de acuerdo a una propuesta de escritores relacionados con el “CEL – Círculo de Escritores del Litoral” que participaban en el programa Encuentros con escritores en las escuelas,  quienes aportaban el papel necesario y las obras éditas e inéditas que servirían para promover la lectura en la etapa previa a la presencia del autor en las aulas. Sucesivas causas demoraron el trámite de impresión y por ello, en la tapa del libro que incluye un dibujo de Guillermo Hoyos-85 (reproducción de la ilustración en la página 22 del “Plan Trienal de Cultura – período 1985-87 – Provincia de Santa Fe, editado en septiembre de 1985).

En el citado plan de la Subsecretaría de Cultura, al enunciar los proyectos y programas, en el punto 8 “Otros programas varios.” (sic) consta:

“c) Movimiento Provincial Ecologista.

…avanzar en la realización de las actividades del Movimiento de Jardineros y Horticultores y el Movimiento de Consumidores Racionales, a los fines de generar el Movimiento Provincial Ecologista.”

 

En parte inferior de la tapa de Desde Santa Fe para los niños está impreso “Literatura – Plan Cultural Año 1987 (Aprobado por R. M. Nº 129 del 16-03-87)”, impulsado desde el Equipo de Cultura de la Confederación General del Trabajo Seccional Santa Fe, en co-operación con asociaciones intermedias (Cooperadoras, grupos de escritores, artesanos…); con el Centromultimedios “Biblioteca de la Legislatura” de Santa Fe y empresas privadas.

En aquel tiempo, ya se promovía la defensa de los árboles, el consumo racional de los bienes naturales mediante sucesivos subprogramas…

En las páginas de aquel libro, estas obras de autores santafesinos de distintos departamentos:

15. Piquiriquitraque

Allá va Copete

con traje y corbata…

saldrá de paseo

con un Bicho Feo

-Martín Pescador,

¿se podrá pasar?…

Copete no mira y pasa igual.

-Piquriqui traque

  Piquiriquitri…

Bicho Feo ¿juego?

-Preguntan los pájaros que lo ven pasar…

Copete salud

su amigo también,

el río los mira

y quiere correr.

Piquiriqu traque

Piquriqui tri…

-¿Saben lo que hacen?

 Se suben a un tren

 que va muy cargado

 para Santa Fe.

-¡Qué lindo es viajar

cuando los chañares

cambian de lugar…!

-¡Piiiiiííííí piíííí…! Piííí…!

Copete y su amigo

son muy distraídos…

-¿Nos hacen lugar? dicen los amigos

que los ven pasar.

Suben bichos feos,

cuatro cardenales

y un lindo chajá.

¡Pííí…!  ¡Pííí…!  ¡Pííí…!

El tren va ligero

y en cada estación

Copete cambia de vagón.

Piquiriquitraque,

piquiriqui tri…

¡Pííí…! ¡Pííí…!  ¡Pííí…!  p.22

María del Carmen Villaverde de Nessier.

Jefa Departamento de Literatura Infantil

de la Subsecretaría de Cultura de Santa Fe.

  18. A dormir la siesta

A dormir la siesta,

mi niño,

ya es tiempo.

Mira, afuera

se pone rojo el ceibo

avergonzado de bostezos.

Siente,

la paloma

adormece a sus pequeños

con la monotonía de sus cuentos.

A dormir la siesta,

niño,

ya es tiempo.

Oye, las abejas cansadas

detienen su zumbido inquieto

buscando el sosiego

dentro de los dulces cuencos.

¿Sabes?

por el río

en una canoa blanca

está llegando el sueño.

Vamos, duerme,

que también para los pájaros

mece cunas de sauce el viento. p. 25

Teresa Guzzonato

19. El barrilete

Alba Yobe de Ábalo

Sopla, sopla viento

un poquito más

que mi barrilete

pronto va a allegar.

Hasta aquella nube

que acaricia el sol,

o hasta la más lejos

de oscuro color.

Mira qué bonito

como se adelanta,

si parece un pájaro

de alas muy anchas.

Sube otro poquito,

me vas a contar,

qué hay sobre las nubes,

que hay más allá.

      * * * * *

Después de leer este poema

      ¡qué ganas de hacer volar un barrilete!… p. 26

22. Donde un quijote azul me sonreía

Cuando el desconcierto del mundo

me encierra en sus paredes,

regreso a vos,

casa con higueras y naranjos.

El pensamiento llega hasta tu patio

cercado de malvones

donde el sol y la lluvia

disputaban su reino.

El mármol del umbral,

el sillón hamaca del abuelo,

los cuartos

con sábanas fantasmas

me esperan

con su almidón fragante.

¡Qué gusto daba

quedarse dormido en esa paz

mirando la humedad del cielorraso

donde un quijote azul me sonreía!

De sus bolsillos,

desvaídas palomas

partían

a despertar rosadas albas.

Cuando camino solo,

los pasos retornan a tu calle

donde las luces

deshilan sus vestiduras cándidas

en el follaje

de los antiguos plátanos.

Las veredas estallan

con las grandes raíces

que asoman sus ojos

para verme.  p. 29

Ana Hilda Quinodoz de Villanueva

23. Bajo un cielo de ojos.

Eras un cementerio de hierro

con trinar de pájaros

olvidados tus servicios.

Hasta que no sé que funcionario

te envolvió de magitravesuras

sobre rieles del universo niño,

asomando tu pasado

en esa pintura nueva.

Y supongo

las manos obreras que te armaron con su anonimato,

tu vientre palpitante, al rojo vivo,

marchando rieles,

exhausta de carga,

herida en el esfuerzo.

Y supongo los foguistas,

gringos, tal vez, en tus comienzos,

con su piel curtida,

sus ojos sufridos de adentro.

Y supongo el “novamás”,

y el abandono.

Hasta que ese funcionario,

locomotora,

te puso bajo un cielo de ojos,

allá en la costanera.

 Oscar Ángel Agú

24. Siesta

De espaldas al cielo

confundiendo la mezcla fresca

de arcilla y arena,

con la arcilla tibia

de su piel morena.

Los ojos,

bandurrias diminutas,

iniciaron vuelo

hacia una orilla infinita

bordeada de espinillos tiernos.

Vuela ya tan alto…

El río salpica para verlo.

Viaja en una canoíta roja

-florcita del ceibo-

apretada entre los dedos.

El viento se aquieta,

le ofrece un silencio

y un puñado de nubes

dispersando los lamentos.

Los pájaros se callan,

no quieren sorprenderlo…

Sólo

una cardenilla se acerca,

fingiendo un distraído picoteo,

a sacarle hilachas

-para tejer el nido-

de su pantalón viejo;

mientras él sigue

de espaldas al cielo

tejiendo sus sueños.

La siesta es camino

para irse lejos…

Teresa Guzzonato

28. Junio melancólico

Día de pájaros muertos y rosales marchitos.

La soledad helada

vaga por las calles desiertas.

Perfumes de chimeneas

y humos que se espantan por la brisa.

Lacio sosiego en el alma

que se adormila en el olvido

en las largas horas de la noche.

Las garras del invierno

deshilachan los últimos ropajes de los árboles

que lloran a ratos por la llovizna.

¿Quién anda por este silencio

que parece paralizar la vida?

¿Acaso el alma de las flores

que vaga por los marchitos jardines?

De momentos, la niebla

pone un tinte fantasmagórico en los álamos

que se presienten irreales.

¡Qué deseos de dormir junto al fuego

y que el pensamiento vuele en busca del sol y de las flores!

Jorge Raúl Muñoz

San Genaro

30. La tapera gringa

Perdida entre los campos de trigal amarillo

como un pequeño oasis entre el cereal desierto,

cubierta de malezas y frutales desechos

duerme la tapera de los abuelos muertos.

Igual que la del gaucho que destruyera el tiempo,

Ésta de hechura gringa es tinta del recuerdo.

Su larga galería de nidos se ha cubierto

de ratonas saltonas y gorriones inquietos.

Albergó las fatigas del sembrador primero

que anduvo tras la yunta partiendo el duro suelo

quemado de sequías y azotado de vientos,

entre parvas de trigo y altos arrendamientos.

Supo de las langostas que todo destruyeron

dejando tras su paso soledades de invierno

y el labrador descalzo masticando la pipa

volvía sobre el surco a sementar de nuevo.

Cobijó en un tiempo de rurales faenas

los baúles de Europa, la rústica panera,

y en su patio de tierra y fragua bullanguera

descansaba el arado perfumado de gleba.

Cuando la tarde cae se puebla de misterios,

el horno derrumbado, el pozo de agua seco.

Es como un olvido que dejara el pasado,

como una sombra triste soñando en el recuerdo.

Jorge Raúl Muñoz

San Genaro

36. A José Pedroni

Naciste junto con la primavera

allá por mil ocho noventa y nueve,

con perfume de tilos,

               de aromos

                                 y azahares,

en tu Gálvez y su poblado callado.

Fuiste un canto al amor y a la vida,

al hombre honrado y trabajador,

a la tierra,

      al pájaro

               y al nido.

Sorprendido un verano, en tu último día,

con los ecos del mar en el mes de febrero

enmudeció de pronto, ése, tu dulce trino,

cual si fuera el de un pájaro herido.

Mas no ha muerto tu canto.  Dios lo ha redimido.

Y se ha vuelto alado junto al hermano viento,

Perfumado cual tierra humedecida por la lluvia,

y luego, hecho luz, ¡hermano luminoso!

¡Sol!  Eteno sol,

sobre las almas melancólicas,

los rostros bruñidos del herrero,

del carpintero, del labrador,

de tu hermano escritor.

José Pedroni, simple y perenne como el malvón,

Profundo como el mar, que te arrulló

                                                  con lúgubre canción.

Bello y eterno, como el océano y la flor.

Siempre habrá alguien que te haga revivir,

cuando las nueve lunas sean otro milagro,

en tu lunario eterno… hasta el fin.

Nidia Orbea de Fontanini

(Del libro “Prosa y Poesía” 1981)

Edición “Nosotras” de Rosario.

En la segunda parte, narrativa…

1.    Cleo, el payaso

Había una vez un circo y en ese circo, un payaso, sí señor, un payaso con nariz redonda, redonda, enorme boca colorada que parecía una tajada de sandía, saco a cuadros y dos inmensos zapatones, verde uno, el otro azul.

¿Quién era este payaso? Pues señor, era el personaje más simpático y divertido que haya pisado este planeta.  Era el más dulce, sí señor, más dulce que los caramelos de dulce de leche, que los chocolatines y la jalea de membrillo.

Cuando salía a escena, siempre haciendo piruetas, los chicos festejaban sus gracias con ruidoso aplausos, con gritos e alegría, con sonrisas de oreja a oreja.

¿Cómo se llamaba el payaso?  Pues se llamaba Cleo.

¿Quién le había puesto ese nombre tan bonito?  A lo mejor una vecina o tal vez su tía Lía -no importa quién- a él le gustaba y a los chicos también y los días se sucedían felices en ese circo lleno de banderitas y banderines de mil colores.  Pero una siesta, a la hora de la primera función ¡Cleo no apareció!  ¿Qué pasó? Pues señor, ATENCIÓN, que voy a contar lo que ocurrió…

Cuando Cleo se levantó, después de soñar durante diez horas con viajes a Venus, Júpiter y Mercurio, encontró ¡Oh sorpresa!, que en su zapatón azul, una e las palomas que siempre salía de la galera del mago Tung, había armado su nido.  Había puesto tres huevitos, tres futuros pichones!  ¡Y no podía retar, ni echar, ni siquiera reprochar a tan amorosa mamá!  Pero tampoco podía salir con el zapatón verde en un pie y con el otro pie descalzo. ¿Qué hacer, qué hacer?  Cleo daba vueltas y revueltas mientras la paloma calentaba sus huevitos.

Preocupado pensó, pensó y repensó y sin encontrar solución se sentó y apoyó la cara pintada sobre sus grandes manos blancas.

Apareció don Gerundio, el domador de leones, inquieto porque Cleo no salía a escena y cuando se enteró de la novedad, caramba, ni don Gerundio ni Cleo supieron qué hacer.  Se rascaban la cabeza mirando la tranquila paloma que empollaba sus huevos en ese vistoso zapatón.

Desde allí se escuchaban las risas y aplausos de los chicos y los chillidos de los chimpancés que brincaban sobre bicicletas.

Y como el tiempo pasaba y el payaso preferido no aparecía, los chicos reclamaron su presencia con cantos y cantitos recién inventados, como éste.

A la lata, al latero

Que venga el payaso Cleo.

 

Preocupados, llegaron al camarín de Cleo los acróbatas y trapecistas y después de enterarse de la novedad, trataron de convencerlo para que saliera a actuar con un solo zapatón. Pero no, no señor, así no.

Enseguida aparecieron los otros payasos, el iluminador, los dos osos.  Todos querían saber qué ocurría, hasta el elefante metió su trompita, pero nadie resolvió la cuestión y aunque todos trataron de convencerlo, él resolvió que con un solo zapatón ¡No! Pero en medio de esa desorganización ¡también llegó el mago Tung, quién le dio rápida solución.  Escuchen, así pasó:

Corrió a buscar su galera negra y con palabras que nadie entendió: Sun, tan, non, con, gon, aparezca un zapatón azul para el buen caminador -y de la galera ¡oh magia!, salió un zapatón casi idéntico al que estaba usando como nido la paloma.

Cleo, contento, enseguida se lo calzó y corrió hacia los chicos, quienes lo recibieron con besos y los aplausos más fuertes que se hayan escuchado en este planeta.

¡Qué alivio para don Gerundio, para los trapecistas, para los chimpancés, para los señores de la orquesta, para los leones, para el mago Tung y para todos los que formaban el circo!  Y como el espectáculo pudo continuar; porque los chicos pudieron ver a su payaso preferido, la alegría, la felicidad volvieron a reinar y se puede decir, sí señor que el cuento de Cleo, el de la nariz redonda y dos inmensos zapatones, verde uno, el otro azul, acaba de terminar.  p. 45-46

Idilia Vouillóz

 

9. Escuela “Espinillo”

Catalina era una niña a quien le encanta correr y correr por el campo, aspirar la brisa de otoño que le hace brotar un rosario de lágrimas en sus ojos caramelos.  Anda siempre por los naranjales, por la quinta de cebollas, de lechugas y papas…

Le gusta asomarse al borde hambriento del aljibe con su balde zumbón y espiar el pan que se cuece lento en el horno de barro.

Catalina es alegre, chacotona, como un animalito salvaje.

Un día su padre la llama y de la una gran noticia:

-Catalina, llegó carta de los tíos de Buenos Aires y dicen que vendrán a visitarnos, ¡ya vas a ver qué buenos son!  Te traerán un regalo.

Ella se pregunta: “¿Acaso es Navidad?…” y se va con la cabecita llena de ilusiones que le bailotean haciendo rondas “¿Qué me traerán? ¿Qué será?  ¿Qué será?, y el chistido de la tacuaritas burbujea en sus oídos y la hace más feliz todavía.

Los días parecen más lentos que nunca; los amaneceres con su gallo gritón y altanero; las siestas con el susurro soñador de la solapa; las tardes con la canción de cuna de los grillos y las noches con su abanico brillante como una laguna de plata.

Hoy las pestañas petróleo de Catalina chispean mirando al cielo; unos teros danzan sobre la casa agitando alas y gritando ¡teru-teru!… yendo y viniendo, surcando el espacio y llenándolo con su impaciencia.  La niña desborda de alegría al escucharlos y corre enloquecida.

-¡Mamá!  ¡Mamá!… ¡Los teros! ¡Los teros anuncian visita!

-Pero hija, -le regaña- no pienses en zonceras.

Se aleja Catalina con sus propios pensamientos.

-Ya sé, llegarán los tíos… ¿qué me traerán?…

Al otro día el presagio se cumple. Los tíos capitalinos llegaron.  Gritos, besos, saludos y charlas apresuradas por contarse todo al mismo tiempo.  Vibra la casa.  La cocina a leña es más rápida, el dulce de leche es más marrón y brilla más; los tallarines están amasados…

Los perros ladran y menean la cola husmeando las piernas de los recién llegados.

Un orgulloso limonero se ríe desde el jardín estirando sus ramas y el ligustro que está al costado del sendero, desde la cancel hasta la casa, pincha menos.

Catalina y sus hermanos se quedan observando hasta el último movimiento de los tíos, escuchando su tonada y sintiendo ese extraño olorcito a ciudad.

Llega el momento de entregar los regalos. ¡Qué emoción!  ¿Acaso es Navidad? ¿Llegó el Niño Dios?

-Catalina -dice su tío- a vos te traje una cartera.

La niña abre grande los ojos, la toma y la lleva contra su corazón que golpea fuerte. Apenas escucha un tímido gracias y sale corriendo como un pichón de pájaro buscando su nido en el rincón favorito.  Allí muestra la cartera a su viejo caballo, o a la flor y a la muñeca de palo y lana.  Siente su aroma a nuevo y le despierta un juego distinto.  Sin esperar más sale a la calle.  Camina y se detiene aquí y allá.  Muy cerca de la cancel de su casa elige un grupo de espinillos como escuela, un tronco chueco es el mástil de la bandera las ramas cortas, los bancos y los frutos danzarines de los mburucuyáes, la campana.

Desde entonces, con su cartera nueva va todos los días a clase.  La espera su maestra doña Naturaleza quien, con el suave murmullo de la brisa le dicta, y ella anota todo, todo pero todo: el trinar de los pájaros, el bocinar de una locomotora rugiente que avanza por las vías vecinas, el ¡muuu! De una vaca pinta negra, pinta blanca, el picoteo voraz del pájaro carpintero y el perfume embriagador de los azahares que la distraen de vez en cuando.  Los mburucuyáes llaman a recreo y Catalina juega con los conejitos al arroz con leche, a la farolera y al don Pirulero.  Cuando tienen hambre se sientan a comer los sabrosos pisingallos que buscan entre las plantas.

El sol está muy arriba y es hora de volver a casa entre saltos y corridas. Llega justo para despedirse de sus tíos, que volverán al año siguiente.  Se queda allí parada, sin decirles lo feliz que es y aprieta más contra su pecho ese regalo tan preciado, la cartera traviesa como ella.

Pasa el tiempo, el invierno con su frac de escarcha y rocío saca de su galera las lluvias y las lloviznas; del bastón, las tormentas briosas que se llevan el techo del galpón.  Ya no puede ir a su escuela espinillo. Imposible.  La lluvia vuelve la tierra barrosa y triste como está ahora ella, que se acurruca en los rincones de la casa con su cartera, callada, a esperar que calme el cielo su llanto.  Mientras tanto, mira nostálgica cómo su hermano modela el barro, haciendo un sulky con un caballo.  Y mira y mira y se cansa, cierra los ojos.

No sabe cuánto tiempo pasó.  Siente que alguien la toca y le habla.

-¡Catalina! –Es el caballo de barro que ha cobrado vida.

-¡Catalina! ¡Vamos! ¡Vamos! Te llevaré en el sulky a tu escuela. ¡Vamos! ¡Vamos!

Sorprendida se levanta, toma su cartera y sube.

Con mucho esfuerzo, entre el barrial, llegan a la escuela.  Todo está igual, pero sus  troncos y ramas tienen el brillo del diamante.  Los conejitos contentos acarician sus manos y gritan ¡cui! ¡cui! ¡cui! Y corretean de aquí para allá.

-¡Ha llegado Catalina! -se comentan- y toda ella se siente perfumada.

Los mburucuyáes repiquetean despidiendo luces de color anaranjado.

-Catalina vino a visitarnos.  ¡Viva!  ¡Viva!  Gritan los conejitos.  Y continúan corriendo a su alrededor  Las nubes grises brincan como corderos. Las ranas croan como un tambor anunciando más lluvia.  La tierra abre su boca para beber toda el agua del cielo.

Para sorpresa de Catalina, los conejitos le regalan una canasta pequeña de yuyos secos.  La abre y tres gotas de nácar iluminan su rostro.

-¡Gracias, amiguitos!  ¡Gracias!

De pronto, un rayo olvidado cruza rápido y tras él un trueno fuerte le recuerda que debe volver a su casa.

-¡Adiós! ¡Adiós amiguitos! ¡Vamos!  ¡Vamos sulky de barro!  ¡Apura caballo con alas, que vuele la lluvia fuerte!  ¡Vamos!  ¡Vamos!

Llega a su casa contenta sintiendo que crece como un árbol, al recordar lo vivido con sus amigos.  Y como si fuera un tesoro de perlas, toma las tres gotas de nácar y mirándolas sabe que podrá volver a su escuela espinillos todas las veces que quiera, en el sulky de barro con su caballo alado.  p. 64-67

Marta Poloni Russo

10. La casa blanca

Una mañana iba yo paseando por el campo, cuando encontré un camino que nunca había visto antes.  Era tan angosto que parecía dibujado con un pincel.  Sin pensarlo dos veces, lo seguí.

El camino entró por un bosquecito de palos borrachos llenos de flores rosadas.  Después se abrió paso entre unas margaritas, dio vueltas alrededor de un nogal… y me dejó justo, justito, frente a una casita blanca.

La casa estaba sobre una pequeña colina verde.  En sus paredes blancas, blanquísimas, dormía una madreselva.  En la puerta, unas flores de zapallos abrían sus ojos amarillos.

Entré sin llamar.  No sé por qué.  Cuando abrí la puerta… una nube de mariposas salió para recibirme.  Moví mis brazos y logré alejarlas.  Pero no a todas. Una siguió aleteando en la punta de mi nariz.

La casa era tibia como un nido y había olor a naranjas y a limones.

-¿Le gustan las mariposas?  ¿Y los soles rojos del atardecer?  ¿Y el jugo de naranja con jazmín?

¿Quién había hablado?  ¿De quién era esa voz tan finita como un hilo?

Un poco asustada, me di vuelta rápidamente y la vi.

Era una viejecita muy risueña y vivaracha.  Tenía ojos color miel, cabellos blancos y un delantal almidonado.

-¿Quiere un buñuelo?  ¿Le gusta hamacarse en un sillón de mimbre?  ¿Y masticar tronquitos de hinojo?   ¿Le gusta también hablar con los títeres?

-Claro, claro –respondí sorprendida de tantas preguntas.

-Ya me parecía, ya me parecía -agregó mientras me alcanzaba una taza de té.  Como sus manos temblaban un poco, la tacita hacía clin-clin-clin sobre el plato, como si fuera una música china.

-Me llamo Azalea.  ¿Quiere dejar su cartera?

-Este… sí, por supuesto.

-Désela al perchero.  Está tan solo el pobre.

-¿Se la doy?

-Claro, él no se la pide porque no sabe hablar.  Es muy tímido.

Extendí mi cartera hacia un perchero, que tenía puesto en lo alto un sombrero de paja. Ante mi asombro cada vez más grande, el perchero movió sus brazos levantando el sombrero como saludándome, y luego extendió uno de ellos y me tomó la cartera con toda delicadeza.

Yo estaba muda del susto cuando doña Azalea preguntó:

-¿Ya conoce a mi gata Portulaca? Es muy elegante y flaca.  Es la novia de Jazmín, el gato que toca el violín.

Como creí que se trataba de una broma, acerqué mi mano a la hermosa gata de color gris que me miraba diciendo “y vos de dónde saliste”, y sonriendo, expresé un “encantada, señorita”.

Ante mi asombro ya mayúsculo, la gata extendió una de sus patas hasta tocar mi mano y saludó con una cortés inclinación de cabeza.

Allí me senté y pensé “o aquí estamos todos locos o esta casa es mágica”.

-Esta casa es mágica -explicó la viejita como si leyera mis pensamientos. Hay que poner imaginación y todo solucionado.  ¿Le gustó mi té de rosas?  Desde que le agrego gotas de luna, sale riquísimo.

Me pareció maravilloso encontrar una casa mágica y un perchero “vivo”, una gata educada y una ancianita con nombre de flor.  Así que decidí disfrutar de ese juego y quedarme todo lo que pudiera.

Así fue como conocí a Solcito, el canario que vivía en un pequeño arbolito al lado del piano. También a Petunia, la tortuga que dormía bajo la sombra de un malvón.

Mientras comíamos unos higos dulcísimos, doña Azalea me contó que por la casa blanca habían pasado muchos escritores y poetas.  Y cada uno le había regalado algo. Algunos habían escrito sobre las paredes, otros colgaron papeles en las puertas y las ventanas.  Alguien había escondido un poema dentro de una tetera.  Otra había dejado una adivinanza sobre un vidrio empañado.  Por toda la casa había palabras hermosas.

-¿Se va a quedar? –me preguntó-  Usted también puede escribir lo que quiera.

-¡Sí! –le conté entusiasmada, mientras me comía un buñuelo.

-Bueno, bueno.  Así me va a ayudar a resolver el problema.

-¿Problema?  ¿Cuál problema?

-Es que… hace un tiempo… no sé… están desapareciendo cosas.

-¿Qué cosas?

-Y… palabras.

-¿Cómo palabras?

-Sí.  Faltan palabras de los cuentos, de los poemas.  Y las palabras más lindas.  Alguien se las lleva.

Pensé que a lo mejor se borraban con el tiempo, pero después recordé que allí todo era mágico y dije:

-Sí. Alguien se las lleva.

-Y lo peor, lo peor de todo es que anoche también desapareció la muñequita.

-¿Qué muñequita?

-¿Y cual va a ser?  La del cuadro.

-¡¿Vivía dentro del cuadro?!

-Y claro, pues, dónde iba a ser.  Estaba sentada lo más tranquila siempre, con su carita hermosa, su moño y sus zapatitos de charol.  Todos los días cantábamos juntas “Pisa pisuela color de ciruela”. Y yo le daba agüita de azahar para que no tuviera sed.  Ya a veces, sólo a veces, yo la sacaba a pasear por el jardín, cuidándola del viento, usted sabe, como es de papel, se la puede llevar de un soplón.  Pero después ella volvía solita al cuadro y se sentaba en su sillita sin decir ni pío.

A doña Azalea se le cayeron dos lágrimas grandotas sobre su carita arrugada y a mí me llenó el corazón de tristeza.

-¿Y si llueve? ¡Y si llueve! –se lamentó sacando su pañuelito con puntillas. –¿Por qué se habrá ido Portulaca? –dijo mirando a la gata que ponía cara de “a mí que me interesan esas cosas”.

-Yo la voy a ayudar  -expresé con énfasis- no se aflija tanto.

Así fue como esa noche, escondidas detrás del piano, esperábamos que apareciera el ladrón.

De pronto… sentimos un ruido.  Cruqui-criqui-cruqui.  Criqui-criqui- Cruqui… criqui…

-¿No te fije yo? –susurró doña Azalea y su voz, en el silencio de la noche, se oyó en toda la casa.

-Shhh… –le indiqué- silencio… Me parece que alguien abrió la puerta.

Miramos esperanzadas para ver si descubríamos algo, pero sólo un rayo de luna había entrado por una rendija.  Algo oscuro se movía cerca de allí. Y otra vez el ruido. Cruqui-criqui… cruqui… cric.  Después… nada.  Silencio.

-¿Quién anda por ahí? –preguntó doña Azalea, pero le temblaba tanto la voz, que sólo se oyó un: “Qui… en… ¡¡¡¡… ¡¡…”

La gata estaba inquieta y cuando gritó ¡Miau uuuu uuuu!… a todos se nos erizaron los pelos de la nuca.

Después otra vez el silencio.  Y Entonces lo vi.  Era algo pequeño que había quedado sobre el piso de madera.  Me acerqué despacito, despacito y lo tomé entre mis manos.

-¿Qué es?  ¿Qué es?

-Es… es… un pequeño violín.

-Ah… un vio… ¡Ajá! ¡Un violín!   ¡Vamos al jardín! –exclamó presurosa mi compañera.  Yo creía saber quién era el sospechoso.

Y allá fuimos.  Doña Azalea casi corría delante de mí.  Legamos así al pie del ciruelo y allí estaba.  Sí, sí, allí estaba el ladrón.  Ustedes pensarán que era el gato Jazmín.  No nada de eso, pobre inocente.  Roncaba como un santo.

¿Y quién era entonces el ladrón?  ¡Pues nada más ni nada menos que un grillo!

Doña Azalea comenzó a decirle un montón de cosas al animalito, quien se tapaba la cara con un trébol.

-¿Y las palabras que sacaste de mi casa?  ¿Y la muñequita de papel?

Mientras la viejita hablaba, el grillo, avergonzado abrió la puerta de su casa, que estaba al pie del árbol y apareció la muñeca con su carita rosada, su moño y sus zapatitos de charol.

Entonces el grillo habló y dijo:

-Las palabras eran para ella… yo la quiero mucho… con esas palabras y mi música yo compuse unas canciones de li-lirín, lira-lirón, y se las canto debajo del limonero, a la luz de la luna, carita de tuna.  A ella le gustan mucho.

La muñeca de papel se puso toda colorada y se escondió detrás de una matita de hierba.

El resultado fue que al romántico ladrón se le perdonaron todos sus robos, porque se casó con la muñequita; quedaba mal que a un novio, el día de la boda, se lo llevaran preso.

Las palabras volvieron a su lugar y yo… bueno… yo me pasé unas vacaciones lindísimas con doña Azalea, con su perchero “vivo”, con el canto de Solcito, y con Jazmín, el gato.  ¿Y Portulaca, la gata flaca?   Ah, no.  Con ella no.  Siempre me miraba con cara de “ésta que está haciendo aquí”.  Pero no es nada porque yo le contestaba con otra mirada que decía “a mí no me importa”.

Y todos estábamos en paz.  p. 68-72

María Guadalupe Alassia

11. La leyenda del palo borracho

Hola, qué tal, yo me llamo José y soy jardinero.  Quisiera contarles muchas historias, pero sólo comenzaré con una.  Por ser jardinero conozco mucho de árboles, porque mi oficio es cuidarlos, lo mismo que a las plantas y a las flores.  Voy a hablarles del Palo Borracho, todos ustedes lo han de conocer, es ese árbol alto que tiene el tronco abultado como si estuviese hinchado o lo hubieran inflado.  Voy a contarles la leyenda de ese árbol.  Pero, ¿saben ustedes chicos lo que es una leyenda?  Una leyenda es una historia que se cuenta sobre algo, un relato que viene de lejos, que lo han narrado los viejos habitantes de la tierra y que ha seguido de padres a hijos, de abuelos a nietos. Nadie sabe si es cierto, ni tampoco preocupa que sea verdad, porque en las leyendas hay una mezcla de realidad y fantasía, en las que no se sabe dónde termina la una y dónde comienza la otra. En nuestro país existen muchas leyendas, sobre todo en folclore, que cuentan historias de flores y pájaros.  Bueno, comencemos la leyenda.

En una época, hace mucho tiempo, el palo borracho era distinto.  El cambio se produjo después.  Dios quiso que fuéramos aprendiendo día a día y que con ese conocimiento la vida pudiera ser mejor.  Lo hizo con los hombres y también con los animales y las plantas.  Ellas también tuvieron que aprender a evolucionar.

El caso es que en el bosque, junto a los demás árboles vivía el palo borracho, que era como cualquiera de ellos, sin ninguna diferencia importante.  Quizás más alto o más bajo que algunos, con las hojas más grandes, pero nada más que eso.  Una vez llegó al lugar un grupo de niños que pasaba el día corriendo, jugando y realizando numerosas travesuras.  Uno de ellos, el más revoltoso dijo al esto del grupo:

-Yo les enseñaré cómo divertirnos.  ¡Vengan conmigo!  ¿Ven aquellos nidos en las ramas de los árboles?

-Sí, son muy lindos, me gusta mirarlos –respondió uno de los amigos.

-Más lindo es subir a los árboles y bajarlos –insistió el niño dañino mal intencionado.

-¿Sacar los nidos? –contestaron los otros afligidos- y los pájaros ¿qué harán después sin sus casitas?

-¡Bah!  ¡Las vuelven a construir enseguida!  ¿No lo hacen acaso cuando las voltea la tormenta?

-Sí claro, es cierto –respondieron los demás aunque no muy convencidos, y empezaron la tarea.  Los pajaritos al ver que los niños se preparaban para subir hasta la rama donde se hallaban, comenzaron a desesperar.  Las madres cubrían con sus alas a sus hijos, rogando a Dios que los protegiera.

Los niños empezaron a subir a los árboles, bajando de sus ramas a cuantos nidos encontraban.  Consideraban que eso era una diversión, sin darse cuenta del daño que hacían.

-¡Aquí tengo uno y hay cuatro huevitos!

-¡El mío es mas lindo, fijate qué grande!

Y así continuaban con su maldad sin pensar en el castigo.  Los pájaros piaban desesperados al ver destruidos sus hogares.

-¡Pobres hijitos míos! –decía una madre pájara- ¡se quedarán sin hogar, caerán en el suelo y morirán de frío y hambre!

En esos momentos, los niños descubrieron que entre las ramas del palo borracho, había también algo que les interesaba.

-¡Miren allá en aquel árbol, qué nido más hermoso! ¡Vamos hacia él!

-¡Y hay pichocitos adentro, la madre les está dando de comer!

-Yo subiré, -comentó el más audaz- para trepar a los árboles nadie me iguala.

Los pájaros continuaban sus ruegos angustiados:  ¡Ayúdanos Dios mío! Esos niños traviesos matarán a nuestros hijos, ¡ayúdanos! –repetía una madre mientras extendía sus alas para cubrir a sus pichones.

Fue entonces, en el preciso momento en que uno de los niños se disponía a subir por el tronco del palo borracho, cuando sucedió lo inesperado.

-¡Ay!  ¡No puedo subir!  ¡El tronco se agranda!  ¡Y también algo me pincha las piernas…! ¡No puedo! –gritaba desesperado, el travieso ladrón.  ¿Qué había ocurrido?  Pues, que el tronco del árbol se fue hinchando, hinchando como para que nadie pudiera trepar por él; y para que resultara todavía más difícil, se cubrió de gruesas espinas.  El nido y sus pichones se salvaron porque nadie pudo llegar hasta ellos, mientras los niños escapaban asustados, prometiendo no robar más nidos.

Desde ese momento, el palo borracho es gordo, hinchado y esposo, pero no por eso es  feo, al contrario, llama la atención y se cubre de hermosas flores que parecen grandes azucenas rosadas o blancas.

Yo, que les he contado la historia, y como jardinero que soy, me siento orgulloso de cuidarlo en la plaza.

Nelly Borroni Mac Donald

—ooo—

 

(Es muy triste, pero debes saberlo.

Nelly desde el 1º de diciembre de 1985, es inmortal). p. 73-75

 

Nelly Borroni, alumna de la Escuela de Comercio a mediados del siglo veinte, amiga nuestra con quien dos décadas después caminábamos por las polvorientas calles del barrio “Las Delicias”  de Sauce Viejo, junto a Coco mientras nuestros hijos seguían jugando entre los paraísos, con generosidad colaboró en la coordinación para la presentación del primer poemario que logré editar: Poemas para Tioco, el 24 de octubre de 1980 en la Sala “Leopoldo Marechal” del Teatro Municipal “1º de Mayo” de la capital santafesina.  Desde el 24 de mayo de 1947, yo había empezado a conocer a Gastón Gori porque la bibliotecaria de aquella escuela situada en San Martín 1823, al celebrar mis quince años me regaló Se rinden los nardos

Durante aquel “mes de la familia”, empecé a conocer a Pedro Raúl Marangoni, y durante el invierno de 1983 ya había advertido “la estatura moral de Gastón Gori, un ejemplo”…

(Así termina mi ensayo breve Gastón Gori, escritor.

Edición Litar S. A. Santa Fe, septiembre de 1984.

Empresa de Armando Pavletich, en Rivadavia 2801. NOF)

 

 

* * * * * *

 

Desde Sauce Viejo: percepciones de Miriam Patricia Marsó…

No ha sido por casualidad que Miriam Marsó, sintiera el impulso de escribir este poema relacionado con la trayectoria de Gastón Gori:

 

Tal vez, tú, Gastón

lograste detener el Mundo

al escribir poemas a los pájaros.

         Entonces, el tiempo

                 fue un reloj de arena

                              desquebrajado

y por un momento

ese mundo

           fue

estupendamente distinto…

 

…………………………………………………………………………………………………………………………

Narraciones de… “el Patriarca de los Pájaros”…

 

La acrobacia de las aves abarca imaginarias tangentes que inevitablemente, rozan el vuelo de ingeniosos de escritores y poetas.

Es ineludible otra señal de la memoria.  Gastón Gori -que además, era pecoso y además es académico-; al evocar a su amigo Jerónimo recordó que “alguna casa sobresalía con sus techos en medio de tupidos paraisales y llegaban a sus aleros bandadas de palomas domésticas retornando de los sembrados y aguaderos”…

Gastón Gori, al rememorar sus andanzas en la luminosa ciudad de Esperanza, contó:

Olvidados de maestros… sin ataduras, disfrutábamos de la magnífica libertad.  Y me ocurrió que, apresurado, sin detenerme a mirarla mucho, herí a una palomita que empollaba sobre su nido. Apenas sobresalían de las pajitas del borde, su pecho y su cabeza.  Con desesperado aletear describió una parábola y comenzó a elevarse alto, muy alto.  Mal herida debía ir para que ascendiera tanto, y cayera después donde apenas mi vista pudo distinguir.

Me pareció oír un reproche, como si la voz de mi padre, grave y sentenciosa, me repitiera su común observación: -“No mates nunca un pájaro que tenga nido! Cada pájaro empollando, está cumpliendo un serio y dulce mandato de amor.  Los pájaros se aman y luego construyen nidos.  Cada brizna, cada pluma, es llevada con cariño; no sabemos si los pájaros tienen ensueños, aunque estamos seguros de que aman entrañablemente”…   [2]

………………………………………………………………………………………………………………………

Relatos de José Luis Víttori…

José Luis  Víttori confirma esa mágica relación, cuando en los originales espacios de sus cuentos, describe sucesivos movimientos[3]

“Sonrió mirando los gorriones bajo la lluvia de la fuente…

Los gorriones llenaban el plato de la fuente y gritaban contentos, sacudiendo las alas, pulverizando el agua.”

“Las gaviotas se dispersan, gritan, vuelan, se zambullen, flotan en la espuma.”

“En un charco se juntan las gaviotas, forman una mancha gris y quieta.”

“Las gaviotas vuelven, se agrupan en la playa y gritan como siempre”.

“El búho debió llegar de noche, arrastrado por el viento, y habrá caído en la arena al alba…  [4]

La presencia de los pájaros produce diferentes reacciones entre los humanos: algunas personas los observan en sus pausas e intentan preservarlos; otras escuchan sus silbos y en vano quieren imitarlos; los violentos apuran sus proyectos para aniquilarlos.

Víttori percibe esas particularidades y las transmite con espontaneidad:

“El búho… habrá caído en la arena al alba, cuando el viento ya no soplaba y heló… Me acerco y pienso que está muerto, pero al levantarlo noto ese poco de calor que las plumas conservan y lo llevo conmigo al bendito, junto al fuego.  A la tarde sus ojos comienzan a ver en la sombra y me mira con miedo, con un brillo hostil y salvaje, mientras va a esconderse torpemente en el fondo.  A la noche, clavo una rama seca en el fondo del bendito y el búho ya puede sostenerse.  El búho no sale de su rama aunque yo me aleje.  Si me demoro ulula fuerte, se calla si me ve y le doy comida…

Voló una noche en el aire tibio y pensé que se iría, pero a la madrugada volvió; y cada noche volaba sobre la playa para volver cada mañana al árbol gris, al árbol pulido, hasta que un día volvió con su hembra búho y allí quedaron, vigilando la oscuridad, llenándola de chistidos.”

“…Cerca había un árbol seco, desgajado y lleno de lechuzas que ululaban mirándolo a uno con un halo de crueldad.  Bajo ese zumbido huraño alentaba el silencio de la costa, del agua, de la mañana sin pájaros, y aún parecía escucharse el roce de una pala que excavaba la tierra…”  [5]

…“Esos pájaros oscuros bajan de los árboles vecinos, se posan en la costa amarilla, me rodean, se acercan a mirarme, se espantan si me muevo y gritan, pero vuelven despacio, despacio.”

“Y no me muevo.  Me quedo a sentir mi respiración antes que los pájaros comiencen a cantar.”

“Cuando el pájaro cantó por allí Goyo se detuvo, sacó la gomera del cinto -la gomera regalada por Cristóbal frente a la mujer y que el muchacho llevaba siempre al cinto sin usarla-, esperó que el pájaro cantara y fue siguiendo su canto, agachado, elástico, la cabeza levantada hacia las ramas, liviano como si apenas rozara la tierra, todo lo sensible a la magia del canto y de la muerte; de pronto lo vi estirar los brazos y el sonido aquel, la única voz del otoño esa tarde, se rompió, se vino abajo, aleteando, y unas plumas dispersas cayeron como si el pájaro se deshojara…

A la noche lo vi en un rincón de la cocina, acurrucado junto al pájaro, sobre un montoncito de hierba, y el pájaro aún respiraba, los ojos muy abiertos -como el pecho- cuando acabó de morir…

Goyo lo puso en una caja y se lo llevó al río.  Ya en la orilla, le encendió una vela y lo puso en la corriente…

En el claro del monte vi la gomera quemada…”  [6]

Alusiones de Juan José Saer…

En su novela La Pesquisa, Juan José Saer necesitó expresar una vez más diversas vivencias en torno a Colastiné, al río y a los hombres que viven o navegan en la zona

 

 “…Como la distancia entre la ciudad y Rincón Norte no es demasiado grande, han navegado despacio y dando rodeos por islas y riachos, para no llegar antes de la hora fijada -las dos y media- con la hija de Washington.  No han podido ver, en todo el cielo, hasta el horizonte visible, ni una sola nube, ninguna otra presencia aparte del sol árido, centelleante, rodeado de astillas y manchas en fusión, como si hubiese estado chorreando materia ígnea a lo largo de su desplazamiento.   De tanto en tanto algún pájaro, un benteveo de panza amarilla, una cabeza colorada, un corbatita, un martín pescador, alborotándose en las orillas cercanas a causa del ronroneo del motor, han acompañado, sin proponérselo, saliendo bruscos de entre las ramas de los arbustos o de los árboles enanos, recubiertos de plantas trepadoras y saliendo disparados por aturdimiento y por pánico en su misma dirección, el desplazamiento de la lancha.”  [7]

……………………………………………………………………………………………………………………….

Ahora, la Tacuarita… les propone un atractivo recorrido.

Palabra tras palabra, distintas descripciones, diferentes sensaciones.

Avanzaremos sin prisa, hacia un lugar para el sosiego y el asombro

 

“Había llovido durante toda la noche.

“El campo parecía un patio recién lavado,

secándose al sol.

La mañana era una gran pajarera abierta,

con tantos jilgueros y

cabecitas negras piando a la vez”…

Elsa Isabel Bornemann

Poeta, escritora argentina. [8]

“Aventura de los destructores de nidos”…

Cada vez que estos malentretenidos chiquillos vienen a mi rincón suburbano, destrozan todos los nidos que encuentran y que pueden.

¿La industriosa tenacidad de los horneros amorosos no les toca el alma?

¿No se conmueven ante la desesperación de las aves, que pían, revolotean y se agitan inquietas, mientras piedra va y piedra viene, en el anhelo feroz de destruir, de deshacer, de hacer mal?

¿No los emociona esa insistencia de los constructores, que cinco metros más allá de donde se halla la ruina de su antigua fábrica, unos días más tarde, erigen -de nuevo- alegremente su refugio?

¿No se hacen idea de que una pareja de aves, que posee una pequeña casa aérea, en la cual verán la luz sus pichones, es una familia?

¿No han imaginado nunca el diálogo de los pájaros padres con sus hijos en el momento del bombardeo terrible de las pequeñas manos humanas, cuya destreza debía emplearse en más nobles, generosos y altruistas menesteres?

Dice el pequeño pájaro:

-Padre, he sentido una brutal conmoción en nuestra casa. ¿Qué sucede?

El interrogado, que intenta disimular para no asustar a su prole, trata de disfrazar la verdad:

-Es el viento, hijo.

-¿El viento?… No lo parece, padre. El viento con ser tan genio es un amigo nuestro. Cuando él corre solo, nos balancea como si estuviéramos en una cuna.

-Posiblemente hoy estará más enojado que de costumbre.

-¡Mira! ¡Otro golpe! ¿Con qué mano nos pega el viento? Quiero saberlo. ¿Me dejas ver qué es?

-¡No te asomes, pequeño, pudiera ser peligroso!

-Si temes un mal, ¿sabes, pues, lo que sucede?

-Sí, hijo; desgraciadamente tengo que informarte que nos están atacando nuestra casita.

-¿Por qué, padre? ¿Qué mal hemos hecho?

-Ninguno. Son los pichones de los hombres, que se divierten. Su falta de amor no les permite encontrar mejor entretenimiento.

 

Adolfo Montiel Ballesteros.

De “Cuentos para los niños de América”

Escritor uruguayo. Animador de Teatro. [9]

2004: Ecos de trinos y bandadas…

Aquí, algunos poemas y cuentos relacionados con los pájaros que fueron recopilados en la “Cofradía de los Duendes” y difundidos tras la edición de “El día de los Pájaros” de Gastón Gori, a los fines de la celebración del 17 de noviembre – Día de los Pájaros.

 

Más allá, juntito al río…

                        ……………………………………………………………………………

Más allá, juntito al río,

cruzando la gran cadena

otro campo es otro nido

donde los pájaros son libres

y concentrados viven los niños.

Más allá, juntito al río,

donde son seis los caminos…

uno sólo es el recorrido…

uno sólo es el destino.

            ……………………………………………………………………………..

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

Del poemario “Como nacen los brotes…” (1989)

Homenaje al Pueblo Español.  70º aniversario

del comienzo de la guerra civil española.

Íd., Audiovisual (DVD – 2006)

El nido

Los árboles que no dan flores

dan nidos;

y un nido es una flor con pétalos de plumas;

un nido es una flor color de pájaro,

cuyo perfume entra por los oídos.

Los árboles que no dan flores

dan nidos.

                          Fernán Silva Valdés.

El nido

Es porque un pajarito de la montaña ha hecho

en el hueco de un árbol su nido matinal,

que el árbol amanece con música en el pecho,

como si tuviera corazón musical.

Si el dulce pajarito por entre el muro asoma,

para beber rocío, para beber aroma,

el árbol de la sierra me da la sensación

de que se la ha salido, cantando, el corazón…

Alfredo Espino[10]

El colibrí

¡El príncipe del jardín!

Por ti se visten las rosas con su traje carmesí.

            Colibrí.

A todas besas y a todas

prometes tu corazón.

                Rondaflor.

Pero ellas saben que no

te casarás, picaflor.

Fernando Luján. [11]

Colibrí

Alado, diminuta escala,

virtuoso vuelo destellado

visitante de la flor.

Cromatismo singular,

primorosa aparición.

Etéreo colibrí;

semifusa de colores.

Ni el agua te salpica.

¿Dónde cuelgas tu nido?

¿Cuántos son tus días?

La magnolia que perfuma

la aurora ensangrentada

del día que no viniste,

lloró en sus pétalos

el dulce néctar de tus tragos.

La soledad que aquieta

la luz verde de los tallos,

y el crepúsculo abrazado

al horizonte te despiden

en tu día más corto colibrí.

Luis Rodolfo Mallarino.

Publicado en Publicado en

“Edición 4” de Reconquista.

Incluido en su poemario

“El viento me ata”.

Edición 1981, p. 13-14.

El benteveo

Benteveo, benteveo,

¡cómo delirante grita

mientas las alas agita

con su gozoso aleteo!

(Mas luego, cuando se posa,

ni te veo ni te vi:

su canto es sólo una i...

que se alarga quejumbrosa)

Vincha blanca y fina gola,

color de azufre el chaleco

y un chaquetón verde seco

que se aviva hacia la cola.

Vuela bajito, pausado,

y ondula con ritmo lento

y al suelo mira de lado

para buscar alimento.

Que a todo va su apetito:

larvas, insectos, gusanos,

trocitos de carne, granos,

frutas y algún pececito.”

Juan Burghi.

El cardenal

Entre los pájaros cantores

ninguno más salvaje, ni más bello,

ni más bravo, ni más altanero.

Eres lindo, lindo,

con tu pecho blanco,

con tu lomo gris,

y arquitectónico mechón colorado.

Cardenal:

yo te he visto volar con el alba crecida,

portador de la mecha

para encender el día.

Fernán Silva Valdés. [12]

El jilguero

En la llama del verano,

que ondula con los trigales,

sus regocijos triunfales

canta el jilguerillo ufano.

Canta, y al son peregrino

de su garganta amarilla,

trigo nuevo de la trilla,

tritura el vidrio del trino.

Y con repentino vuelo,

que lo arrebata, canoro,

como una pavesa de oro,

cruza la gloria del cielo.

Leopoldo Lugones.

Nació en 1987, en Río Seco (provincia de Córdoba)

y murió en 1938 en una isla del Delta,

provincia de Buenos Aires). [13]

Colibrí

El colibrí,

aguja tornasol,

pespuntes de luz rosa

da en el tallo temblón,

con la hebra de azúcar

que saca de la flor.

Jorge Carrera Andrade[14]

Palomita en la playa

A la orilla del mar

canta una paloma;

dulcemente canta,

tristemente llora,

dulcemente canta

la blanca paloma,

se van los pichones

y la dejan sola.   [15]

El pago de los cardenales

Ellos son los que trinan

y viven

esta palpable libertad.

Exactos constructores

De la casa, del vuelo y del amor

Hijos del Sol

Son

Los viandantes del aire

Hermanos del aroma

Herederos del arroyo

De la pizca de arroz

Del maíz, de la paja.

La vincha federal

Los luce para siempre.

                                                                                                       Doctor Orlando Calgaro. [16]

                                  Director de Cultura (Provincia Santa Fe)

                                  27-06 al 17-12-1985, momento de su fallecimiento.

El benteveo

Benteveo, benteveo,

¡cómo delirante grita

mientas las alas agita

con su gozoso aleteo!

(Mas luego, cuando se posa,

ni te veo ni te vi:

su canto es sólo una i...

que se alarga quejumbrosa)

Vincha blanca y fina gola,

color de azufre el chaleco

y un chaquetón verde seco

que se aviva hacia la cola.

Vuela bajito, pausado,

y ondula con ritmo lento

y al suelo mira de lado

para buscar alimento.

Que a todo va su apetito:

larvas, insectos, gusanos,

trocitos de carne, granos,

frutas y algún pececito.

                                                           Doctor. Orlando Calgaro.

                                  Director de Cultura (Provincia de Santa Fe)

                                  Cinco meses y días, desde el 27 de junio de 1985.

La  gallareta

¿Dónde irá tan presurosa

la señora Gallareta,

con esas grandes zancadas

de sus pies, sólo  con medias?

De los juncos inundados

en donde ella siempre mora,

salió así, tan aturdida,

que olvidóse hasta la cola.

Viste un traje verdinegro

que le ciñe bien el busto,

las patas y el pico verdes

como pedazos de junto.

Con la punta de sus alas

el agua, al volar, pellizca,

y al espejo blando y móvil

va arrancando húmedas chispas.

¿Dónde irá la gallareta

de prisa, en medias, sin cola,

y además de todo eso:

tac, tac, tac… hablando sola?

Juan Burghi

Poeta uruguayo.

Pablo Guastavino, abogado, poeta, sintió el impulso de escribir:

Ver, dad con el pájaro

y ser el pájaro

volemos con él

viendo el río

andar creyendo ser río

regando

jardines adolescentes

que con el eco de sus colores

pintan nuestras almas

desatando los caballos del tiempo

que galopan en la luz

descubriendo que la claridad

es una de las mejores formas

de la belleza

si finca en la verdad

que es ver el pájaro…

                                                           Pablo Guastavino.  [17]

Santa Fe de la Vera Cruz.

República Argentina.

El picaflor

Picaflor  colibrí

coliflor picabrí

caminando

por un rayo de sol

picaflor

tú colgado

del cielo del estío

colibrí

picaflor colibrí

coliflor picabrí

que picas con tu pico

la flor

pícaro

que llora

pícara

picaflor colibrí

coliflor picabrí

picador

domador

besaflor.

Philippe Greffet (Francés)

En “Arrugas, canas y años verdes”.

Argentina, Santa Fe de la Vera Cruz

Ediciones Colmegna, julio de 1990, p. 39.

El tordo

Haragán y roba nidos

al Tordo suelen llamar,

y el Tordo escucha y se calla

porque sabe que es verdad.

………………………………………..

 

Desde que llegó al mundo sólo aprendió dos cosas: bailar y descansar. Nada más. Es incapaz de hacer un nido. Si lo necesita, cuando lo corren las lluvias, el viento o el frío, se adueña de un nido ajeno. Lo roba. Es haragán y desamorado.

Por no tener trabajo encarga a otros pájaros que le cuiden sus hijos. Él no quiere preocupaciones. Con su traje oscuro de joven bailarín anda siempre buscando una fiesta.

Pensando en el baile de las Vizcachas, se quedó en el Sauce.

El viento, al enredarse en las ramas, lo acunaba.

El Tordo fue el primer invitado que llegó. Venía acompañado. Una Vizcacha y un Vizcachón le salieron al encuentro. Cambiaron saludos y el Tordo, muy ceremoniosamente, dijo:

-Les presento a mi compañera: la Lechuza.

-Ya somos viejos amigos -habló el Vizcachón.

-¡Los años que nos conocemos! -agregó el Lechuza.

-Las veces que habrá estado presente en nuestros bailes -volvió a hablar el Vizcachón- porque ella nos vigila mientras bailamos y nos avisa con un chistido si algún curioso se acerca. Somos tan amigos, que les dejamos nuestras cuevas para que vivan.

-¡Viva el baile! -gritó el Tordo. Y dio una vueltecita levantando una pata.

Llegaron los grillos y las ranas y en seguida comenzó la música.

La Vizcacha que había invitado al Tordo se acercó para decirle:

-¿Se da cuenta?  Ni un pájaro ha venido a la fiesta. Todos dieron la misma disculpa: que tenían que trabajar.

-¡Pobrecitos! Pensar en trabajar cuando hay fiesta y una fiesta de esta categoría  -dijo el Tordo.

Y se puso a dar vueltas en una pata, sacudiendo las alas y gritando:

-¡Viva el baile! ¡Vivan la vida y la alegría!

Y bailó toda la tarde, toda la noche y al llegar el alba siguió bailando con más ganas que al principio.

-Me gusta el Tordo por lo alegre y bailarín -exclamó la Lechuza.

-Y ahí no más le dieron el premio.

Se hizo justicia. Nadie pudo igualarle. Fue el que bailó más y mejor.

Cuando recibió el premio, se puso a cantar y a dibujar piruetas en el aire.

El Tordo fue el único pájaro que bailó de noche, en la fiesta de las Vizcachas, bajo la luna grande y redonda.

Bailó hasta cansar a los músicos y al final de la fiesta aprovechaba el silbido del viento para ensayar nuevos pasitos de baile.

Por eso al Tordo le cantan esta copla:

     El  Tordo baila que baila,

     ¡cómo le gusta bailar!

     Por andar de fiesta en fiesta

     se olvida de trabajar.

      (Fragmento)

Javier Villafañe.

Poeta titiritero. Argentino.

                              (En agosto de 1941. Fábula publicada en

Diario La Prensa de Buenos Aires.)

Pitojuan

Al árbol más alto subo

con miras de hacer mi nido,

a Juan yo tengo por nombre,

a Pito por apellido

               Juan y Pito

               y Pito y Juan.

Tres colores tiene el Pito,

tiene el blanco y tiene el plomo,

tiene el color amarillo

y una lista sobre el lomo.

               Juan y Pito

               y Pito y Juan.

Qué bonito el Pitojuan,

quién lo pudiera pillar,

y cortarle las alitas

que no pudiera volar.

               Juan y Pito

               y Pito y Juan.

                                                                                                       Juan Draghi Lucero

                              En Cancionero Cuyano.  [18]

Pampa

Yo no sé si me duele tu memoria,

tu nombre florecido en trebolar;

me convocan las voces de tu siembra

y te vengo a cantar.

Soy un brote silvestre, enamorado

de tu inmenso destino vegetal,

de la raíz morena que proyecta

tu tiempo material.

Sobre la intrepidez de tu paisaje

mi estatura maíz quiere asomar.

Yo siento la nostalgia que golpeas

desde tu soledad.

Siento tu dimensión alucinante,

verde, del libre verde inmemorial.

Huella que transitaron los abuelos

en la aurora total.

Soy un grito y ademán y canto altivo;

luminosa calandria vertical,

buscando el ancho cielo que descubre

tu vuelo primordial.

Soy un candil temblando en el recuerdo,

un rancho sin guitarra y sin edad.

Una fugaz presencia que se aleja

y quiere perdurar.

Lo demás es lo tuyo, tu sustancia.

El hombre con el canto manantial.

La historia, un horizonte de zorzales

gastando libertad.

El hálito campero que te arrulla

con un cencerro, con poncho y con bagual.

Con tu viento maduro de coraje.

¡Pampa, madre inmortal!

Leonor Centeno.

Nació en Carlos Casares,

desde 1946 residente en La Plata

Provincia de Buenos Aires.[19]

Por qué en octubre, hermana

                           (Fragmento)

Por qué en octubre, hermana?

Te das cuenta, Alfonsina?

En plena primavera,

cuando las flores,

cuando los pájaros,

cuando la tierra toda

es un canto a la vida:

tú buscaste el silencio,

no lo comprendo amiga,

o sí, y me da miedo llegar a ser invierno

cuando el verde es tan verde!

Y ya no ver las flores,

y ya no ver los pájaros

y escuchar solamente

la vieja voz del agua

repitiendo los ecos,

de un canto milenario.

……………………………………………………………..

Delia González de Rapp.

Nació en Bahía Blanca,

el 4 de septiembre de 1926.

Radicada en Necochea.

Provincia de Buenos Aires.  [20]

Postales de un álbum de provincia

                           (Fragmento)

En esta noche, demorado el sueño,

qué bien se está al silencio de la casa,

con los recuerdos y a la luz escasa,

primitiva y serrana de los leños…

                                             O.L.

      1

He visto en el cristal de mi ventana

y a través de la trama de la reja,

un cielo plomo donde se bosqueja

un pájaro cruzando la mañana.

Tensa la luz su página serrana

ante la lluvia que el silencio añeja

y a medida que el pájaro se aleja

el árbol pierde lo que el cielo gana.

Nace afuera mi voz y hallo en el canto

un follaje imprevisto, mientras tanto

surca la luz que sube emancipada

y el asombro que la vida crece,

al mismo tiempo que la fe florece

el pájaro se va con mi mirada.

      2

Patio al atardecer.  Cielo de menta.

Horno encendido para el pan casero.

El nogal, la calandria y el granero

bajo un pliegue lejano de tormenta.

La soledad jugando por su cuenta

Con los pájaros prófugos de enero.

Mi madre toda entera y el brasero

Donde la humilde sopa se calienta.

Patio al atardecer donde la abuela

hamaca su crochet de hilo lonero

y el verano madura la ciruela;

canta el yunque los hierros del herrero

y el rústico vislumbre de la vela

huele Jesús las hojas del romero.

      3

Qué eternidad de lumbre provinciana

desgaja este domingo su tibieza.

Un pájaro se va desde mi pieza

a través del cristal de la ventana.

…………………………………………………………

Oscar Luciani.

Nació en Firmat (prov. de Santa Fe),

el 15 de septiembre de 1932. [21]

Todo asomaba al escuchar tu paso

Todo asomaba al escuchar tu paso

como de un tiempo antiguo y diferente.

El esperado amor, la trasparente

mirada que nacía en el ocaso.

Pura y suave la voz, el lento trazo

de una canción bajaba hasta la fuente.

Y era un temblor, apenas, dulcemente

nuestro andar por la tarde paso a paso.

Cuando cruzaron pájaros del cielo

un canto de campanas subió al vuelo

con la palabra tímida en tu nombre.

Algo nuevo en el aire se entreabría

no sé si era tu luz o el alma mía

o la dicha, de pronto, de ser hombre.

Héctor Negri.

Nació en Banfield (Buenos Aires),

el 22 de mayo de 1940.

De Recuerdos de adolescencia, 1968.

No pido nada

Andar la sensación de estar despierto

con una flor azul en el ocaso…

Entender las palabras del silencio

y alegrarme por su significado.

Seguir ese camino que va al cielo

-el que trazan las nubes y los pájaros

por llevarle semillas al lucero

y un perfume de tierra entre las manos.

Rondar cerca del sol y las montañas

besándole la frente al mundo claro.

Inaugurar un verso en la mañana.

Y dormirse después como el remanso

-aquí mismo nomás bajo la parra-

No pido nada… y pido demasiado.

Elba Ricciardi de Cerrudo.

De Dolores, radicada en La Plata

Provincia de Buenos Aires.

En Antología Poética Bonaerense, 1977.

Las alas que tú me das

Mira el volar de los

sueños.

Mira

el planear de los

pájaros; belleza,

libertad,

un dejarse llevar de

nube,

por el límpido cielo.

Los sueños son

como pájaros,

los pájaros como sueños,

cuando me das las alas

trato de imitar su vuelo.

Gregorio Robertazzi.

Nació en Capital Federal,

Reside en Quilmes (Buenos Aires).

Poema incluido en Antología Poética Bonaerense.

La Plata (Buenos Aires).

La calandria muerta

Sentí un dolor distinto esta mañana

cuando hallé una calandria junto al pino.

Muerta, de pecho al cielo, muerto el trino

que en un eco lejano se desgrana.

Como en una sonora filigrana

fue bordando su armónico destino,

amiga de la rama y del camino,

del alambrado que su rumbo hilvana.

Y levanté en silencio su silencio

con un pesar de aurora y miserere,

junto al dorado pino y su horizonte.

Pensé ante la quietud que reverencio,

que cada vez que una calandria muere,

han de llorar las brisas del monte.

Ismael Marcelo Siri.

Nació en Mercedes (Buenos Aires)

el 29 de agosto de 1919.  [22]

Regresada

Vuelve devotamente la tristeza

por mis quietos jardines a inclinarse

y en la tarde que cirios de oro esparce,

tiene el fervor claustral de una abadesa.

Dice tu nombre, tallo y lozanía,

tu voz raigosa, tu alma sosegada,

y en ímpetus de rosa, tu mirada,

trae a la palidez del alma mía.

Grata tristeza que en frutal velada

cava tu imagen con voraz tersura

sobre mi languidez enamorada.

Y en pálpitos de cántaro y de nido

vela tu ausencia, sigilosa y dura,

como un inmenso pájaro dormido.

Amelia Urrutibeheity.

Nació en La Plata (Buenos Aires),

el 21 de diciembre de 1939. [23]

Leyenda – El crespín

El Crespín es un ave

del norte de la Argentina,

“de canto lastimero”…

Según cuenta la tradición vivía en cierto paraje un matrimonio bien avenido, aunque la mujer era dada a las diversiones… su único defecto.

Una vez, el marido que se llama Crespín, enfermó seriamente.  En busca de medicamento su mujer fue hasta el pueblo vecino, donde, en casa de su comadre, se celebraba un baile.  La invitaron y ella aceptó gustosa, olvidando al poco rato la misión que la llevaba.

En lo mejor de la fiesta, algo ebria por causa del licor, recibió la noticia de que el marido había muerto.  Por toda respuesta dijo: “Que siga el baile… hay a tiempo  para llorar” y continuó bailando.

Pasados los efectos de la embriaguez, volvió a la casa, encontrándose con al triste realidad.  Lloró tanto y tanto llamó al marido en su desesperación, que se transformó en pájaro.  Por eso desde entonces, en la soledad del campo se escucha su canto triste: “¡Crespín, Crespín!”

Orestes Di Lullo

El folklore de Santiago del Estero.

Universidad Nacional de Tucumán, 1943. [24]

Leyenda – El cacuy

“Ave nocturna de triste canto”…

 

Una muchacha voraz y glotona en grado extremo, no solamente mezquina al hermano la comida, hecha principalmente de harina (de algarrobo), sino que le molesta y persigue con el grito perpetuo de: ¡Haz harina!  ¡Haz harina!  Cansado al fin el mal trato, el joven quiere deshacerse de ella; la invita a subir, en su compañía, a un alto árbol donde había descubierto una colmena de abejas, y ella, ansiosa de gozar la miel, acepta.  Pero mientras que estaba entregada a su vicio, el joven baja, desgajando el árbol, y huye.  Ella, solita arriba de la copa, empieza a inquietarse y grita: ¡Mi hermano! ¡Mi hermano! (= ¡turay! ¡turay!), y como con el andar de las horas sintiera hambre y, además, era glotona, empezó a proferir el estribillo de siempre: ¡Haz harina! ¡Haz harina! (= ¡cacuy!  ¡cacuy!).  Pero nadie la oía.  Transformada en ave, sigue gritando esas dos palabras. [25]

Roberto Lehmann-Nitsche.

Las tres aves gritonas.

Buenos Aires, 1928.

Imprenta de la Universidad.

Leyenda – El hornero…

Jaebé, un indiecito madrugador y trabajador, hijo del más hábil cazador de la región, vivía en una tapera cerca de la costa, al este del antiguo bosque de quebrachos.

Amanecía diciembre y el calor lo sofocaba.

Se acercó a las quietas aguas de la laguna y escuchó el canto de Yponá, la pastora. Inmediatamente se miraron.

Comprendió que estaba enamorado de ella. Sintió un impulso inexplicable, pero se contuvo y nada le dijo.

Sin embargo, tenía que respetar la voluntad de su padre y participar en las pruebas anuales para acceder a la mano de Eboteg –Flor de Agua-  la hija del cacique.

Era tan ágil que ganó todas las competencias en distintos terrenos y venció en el cruce a nado hasta la isla.

En consecuencia, le correspondía cumplir un prolongado ayuno y quien soportara más tiempo, sería el marido de Flor de Agua.

En la tribu todos estaban atentos a los acontecimientos.

Pasados los pocos días de preparación, llegó el momento de iniciar el gran esfuerzo.

Sólo disponían de una amarga bebida para calmar la sed y de rústicas mantas para protegerse.

Las familias los alentaban y el calor los torturaba.

Uno a uno cesaban en su intento, algunos desfallecientes.

La manta que cubría a Jaebé seguía igual que el primer día, en la misma forma y en el mismo lugar, sólo un poco descolorida por los efectos de la copiosa lluvia, de la luz y del calor solar.

Orgulloso se acercó su padre, creyéndolo dormido.

Levantó la manta que tejiera su mujer en el último invierno y quedó paralizado por la sorpresa. Jaebé no estaba.

Se movía inquieto un pájaro rojizo. Aleteaba apenas.

De pronto, levantó vuelo y se posó sobre la rama de un espinillo. Canto una, dos, tres veces.

Entre la concurrencia estaba el hechicero de la tribu, quien anticipó que seguramente, esa avecilla era el alma del último enamorado ayunador.

El pájaro ascendió hasta la alta copa del ombú y otra vez se oyeron sus armoniosos gorjeos.  A su lado se posó otra ave.

El brujo anticipó su opinión:

-Son almas que se aman, que se buscan, que se encuentran y se alegran. Por eso cantan, cantan, cantan. Es su misterioso mensaje.

Todos sabían que la pastora había desaparecido en la última semana. Nunca se supo si la robó una ola o si la ahogó una pena.

En vísperas del día de la Inmaculada Concepción de María, las dos aves seguían volando juntas. Barro y paja sirvieron para hacer el nido, con sala y alcoba.

Un español que convivía con los aborígenes, los nombró horneros.

Un poeta que nunca había escrito un verso dijo:

 

Mientras la luna se baña en la laguna

Yponá roza con su ala,  la roja flor.

Señala a Jaebé el lugar preferido.

Carga él fresco barro y semillas de diente de león.

Agrega algunas hierbas y fibras de algodón.

Es hábil arquitecto y un alegre cantor.

Cuando esté terminada la construcción

Yponá pondrá el misterio en su interior

hasta que los despierte un débil piar.

Picos abiertos recibirán el cotidiano manjar.

Volverán a ser los ciclos de crecer, volar y  cantar.

Los pájaros enamorados protegen el hogar.

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

De “Leyendas en vuelo…  “ (libro inédito)

(Recreación… de una antigua leyenda guaraní…)

Leyenda de la paloma de la puñalada

Cuando los guaraníes se reunían alrededor del fuego durante las noches del invierno, las abuelas contaban algunas historias muy interesantes.

Así sorprendían a sus nietos hablándoles de Tupá, uno de los dioses que respetaban todos los integrantes de esas tribus.  Comentaban que una vez, Tupá descendió hasta la orilla de un caudaloso y miró hacia el bosque cercano.  Juntó barro y lo mezcló con algunos pequeños trozos de madera de los árboles que allí crecían y después de amasar, amasar y amasar,  Tupá logró formar al primer hombre y a la primera mujer, que necesariamente tenían la piel oscura.   Al contemplarlos se entusiasmó y decidió crear otros animales: hizo una bola con barro, tronquitos y hojas secas y empezó a modelarla hasta que quedó algo así como un chorizo y entonces dijo: esto será una víbora y así fue cómo empezó a moverse la temible yarará.  Miró hacia lo alto y se imaginó algún animalito volando; le pareció fácil hacer sólo con barro algo así como un rectángulo, lo apretó en el medio y se dio cuenta de que podrían ser algo así como dos alitas, buscó dos hierbas resistentes y las agregó a la cabecita como si fueran dos antenitas.

Como Tupá era un dios, miró su obra dos veces, de uno y otro lado y dejándola apoyada sobre la mano derecha vio cómo empezaba a moverse hasta que voló, voló, voló y se posó sobre una flor.  Se alegró al verla volar y quiso hacer otro animalito con alas, esta vez ya no un insecto sino uno que tuviera esqueleto, que fuera más pesado.  Le gustaron los colores de la mariposa y pensó cómo podía hacer para que su futura creación también luciera distintos tonos.  Empezó a modelar hasta que completó un pequeñísimo pajarito que como por arte de magia también estaba cubierto con delicadas plumitas de varios colores y con bastante brillo.  Mainumbí –dijo- mientras el colibrí salió volando, volando, volando… y se escondió entre las ramas del sauzal.  Con alegría juntó más barro y con la misma mezcla que usó para el colibrí, hizo otra ave, también con plumas azules, verdes, amarillas, rojas, grises pero en vez de un largo y fino pico, le puso uno grueso como para que pudiera comer algunos frutos.  Lo posó sobre la rama de un ceibo y enseguida el guacamayo voló, voló, voló…

Todos estaban muy tranquilos en ese lugar hasta que Añá, el dios del Mal se enteró que ahí vivía una pareja de hombres de piel blanca y decidió apoderarse de la jovencita con la intención de convertirla en una mansa avecilla.    Lo logró y una blanca paloma empezó a aletear y se alejó hasta el bosque donde estaban las que había creado Tupá.

Han contado las abuelas que enseguida se dio cuenta de que la mariposa y las otras aves lucían atractivos colores y como suele pasar entre los hombres, sintió envidia y empezó a buscar entre su plumaje alguna que aunque fuera muy pequeña, tuviera otro color.  Tanto estuvo picoteándose que se lastimó y la sangre le tiñó las blancas plumas del pecho.  Es probable que Añá haya estado por ahí, pensando en hacer alguna otra brujería, porque desde entonces esa palomita nunca más volvió a ser toda blanca y luciendo ese original medallón natural y rojo, siguió revoloteando de rama en rama…

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

Recreación de una leyenda guaraní.

Leyenda del caraú…

Entre los guaraníes -y algunos matacos-, se repetía la leyenda del caraú (carau).

Contaban que había vivido en esos lugares un hombre muy trabajador, excelente bailarían… y que estaba una noche disfrutando con todos los jóvenes de varias tribus amigas cuando le avisaron que estaba muy enferma su madre y que lo llamaba.  No interrumpió sus rítmicos pasos y dijo que esperaran un rato.  La música continuaba y él tampoco dejaba de bailar.  Tanto demoró en responder al pedido de su madre, que al amanecer se sintió cansado, se sentó sobre un tronco seco y después de tomar suficiente agua, se despidió de los pocos que lo acompañaban y empezó a pensar en cómo estaría su enferma madre.

Llegó cuando ya había muerto y ofendidos sus familiares ocultaron el cadáver y le dijeron que ya la habían enterrado.  Lloró como si fuera un niño.  Unas horas antes había sido un animado bailarín y en ese momento era un hombre vencido.

Como era costumbre en ese tiempo, usó luto y rogaba a los dioses por el alma de su madre hasta que una noche desapareció.  Nunca más fue a los bailes, nadie lo volvió a ver.  El hechicero comentó que se había convertido en un caraú.  Imitó el grito de ese ave y dijo que lo había visto posado a orillas de la laguna luciendo su largo y encorvado pico.

También contó que otras veces, lo observó mientras lentamente calmaba su sed en la orilla de una laguna… [26]

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini.

Recreación…

Por los senderos del arte de vivir y convivir…

La salud de Pedro Raúl Marangoni seguía declinando mientras ¡GASTÓN GORI, el Patriarca de los Pájaros!… seguía trascendiendo desde su vasta obra literaria.

No ha sido por casualidad lo escrito por Ernesto Roque Sábato: “Escribo para no morirme de tristeza en este país desventurado”.

Tampoco es casual que sigan acumulándose textos en sucesivas recopilaciones que elaboro con el propósito de difundirlas por distintos medios para estimular la lectura y como apoyo a la labor de los educadores profesionales.

Durante este invierno, logré releer, corregir y modificar textos escritos hace varios lustros. La sugerencia de Gustavo José María, nuestro cuarto y último hijo, se está concretando mediante el apoyo de especialistas en computación e informática.

Un lugar para el sosiego y el asombro… podrá congregar a potenciales lectores.

A fines de octubre de 2004, mediante correos electrónicos envié sucesivas invitaciones con el mismo texto y breves mensajes.  Aquí, lo enviado a Trudy Pocoví, abogada, destacada escritora y amiga a perpetuidad… como decía Gastón Gori:

Trudy, hermana-compañera: Gracias por el tiempo compartido y tu generosa siembra, porque son estímulos vitales para seguir por los senderos del arte de vivir y convivir.

Seguimos acompañándonos en los sueños y las realidades…

Estoy enviando este mensaje

INVITACIÓN

VIERNES 12 DE NOVIEMBRE DE 2004 a las 16:30

en el  CENTRO COMERCIAL DE SANTA FE, SAN MARTÍN 2819

-PRESENTACIÓN DEL LIBRO «LAS MADRES DE LA PLAZA DEL SILENCIO» – Edición donada al Centro de Ex Combatientes de las Malvinas- Homenaje a los siete soldados santafesinos caídos en combate. -PRESENTACIÓN DEL «PORTAL» – «UN LUGAR PARA EL SOSIEGO Y EL ASOMBRO» del SERVICIO DE EDUCACIÓN POR EL ARTE – ARGENTINA.

-Propuesta  «El día de los pájaros: 17 de noviembre», como expresó el talentoso Gastón Gori… «¡el Patriarca de los Pájaros»!

Será grato dialogar… Un fraternal abrazo de Nidia Orbea de Fontanini

……………………………………………………………………………………………………………………

2005: poemas en librillos…

En la biblioteca de la Cofradía de los Duendes hay libros, folletos, láminas, minilibros como el ejemplar Nº 38 “Cadencias” de Oscar Agú, librillo artesanal elaborado en diciembre de 1986, acercado tras el descanso de enero con una dedicatoria manuscrita en la primera página: “Nidia: más allá del tiempo, de sus luchas, de sus dulzuras y sinsabores, con amistad te acerco estas CADENCIAS. Cacho / Feb.87”.

De Oscar Agú…

Aquí, uno de sus poemas:

Crece el tallo en su canto verde

                                             silencio,

abriendo espacios vacíos,

dibujando formas caprichosas

para asiento de los pájaros.

 

Generoso, Cacho Agú acercaba a sus amigos las páginas voladoras de “La Red” con poemas y relatos de autores de distintas latitudes.

En la portada de sucesivas entregas, el original y simbólico logotipo elaborado por Sergio Hechín y la reiteración de una insoslayable advertencia: “El hombre no ha tejido la red de la vida: es solo una hebra de ella”. Cacique Seatle. 1857”.

Colaboraban en tales recopilaciones: Teresa Guzzonato y Horacio Rossi.

Teresita se destaca por su solidaridad.  No ha sido por casualidad que Elsa -nuestra amiga a perpetuidad- haya sentido el impulso de escribir:

              El jardín de la Tere

ELLA abrió la puerta y allí estalla el verde. Y el amarillo y el rojo se funden y truena el naranja.

Por allá un gran azul es de pronto inquietante violeta.

Me descalzo y la frescura del césped, invadido por las rastreras, sube por mis pies.

Desde un rincón aparecen dos fantasmas con capuchas de gasa, tenues y vaporosas que se transmutan en los jazmines y campanillas.

Estoy hundiendo en la tierra vegetal y la savia galopa por mis venas. Brotan de mis hombros hojas y ramas. Florecen mis cabellos y ofrezco mis brazos para que se columpien los fantasmas.

Quiero quedarme.

Sí. Quiero quedarme.

Por Elsa Hufschmid

 

Haiku de Oreste Abiatte

En la tercera entrega de “La Red”, en septiembre de 1990 incluyeron del poemario Por el atardecer de Oreste Abiatte, este “haiku” generado en tres versos con diecisiete sílabas (5-7-5) como enseñaron los casi legendarios poetas japoneses

Hoy libré un pájaro

Cautivo.  El cielo tiene

Un vuelo más.

Beatriz Vallejo entre Rosario y Rincón…

La quinta entrega, una página plegada con señales del arte natural de Teresa Guzzonato expresado con hojitas secas apoyadas sobre el papel como si fueran alas de mariposas, estaba dedicada a “Beatriz Vallejos / Rosario / San José del Rincón” y en la portada ilustrada con reproducciones de pequeñas flores y finos trazos, también manuscrito: “Si este cuaderno se pierde / como suele suceder, / que se lo entreguen al aire / que el aire su dueño es. Cuaderno de Magoaire – Poemas”.  Desde el entramado de la red, estos poemas:

 

Un picaflor asentado en una rama

      bajo la llovizna.

Largo tiempo estuvo así.

Bebimos el tenue silencio tornasol

y recién entonces

levantó vuelo.

                                 —ooo—

El cartero

trae y lleva zorzales

entre cartas reales

y recibos de luz.

 

En el periódico mensual gratuito El Arca del Sur, editado por Alejandro Álvarez y acercado por Cacho Agú en diversas circunstancias -también distribuido en casas de comercio santafesinas-, en la novena entrega, noviembre de 1993,  imprimieron con recuadro:

Golondrina

bebe cielo bebe cielo hermana del aire

treinta y dos mil kilómetros

qué son hermana del aire

más libre que yo

prisionera en símbolos.

 Beatriz Vallejos

(“Donde termina el bosque”

Ediciones del TALLER. Rosario 1993)

  

No es por casualidad que con frecuencia recuerde la obra de Cacho Agú, no sólo literaria… Sé que si las circunstancias lo requieren, ha de ser secretario honorífico del Servicio de Educación por el Arte de vivir y convivir… en la presentación de escritores santafesinos de distintos departamentos, ya que suele acercarse a bibliotecas y escuelas para presentar ediciones compartidas.

 

 

(Rememoro que Hugo Alcides Ifrán, destacado folklorista santafesino reconocido en distintas latitudes y Director del Museo de la Costa de Rincón, a mediados de la década del ’80 organizó un encuentro con Beatriz Vallejos y generosamente, expuso el pañuelo que fue la motivación generadora del poemario Albricias, versos escritos tras las percepciones al observar los dibujos de vaquitas de San Antonio, flores, trompetas, hongos…

……………………………………………………………………………………………………………………..

2006:  Semana de los pájaros…

En cinco volúmenes de la colección Palabras para compartir… (ediciones del Servicio de Educación por el arte 1989-1991) y en el cuarto, también disponible en la Biblioteca Nacional del Paraguay por oportuna donación, hay varios poemas de Víctor Hugo Vargas, periodista y escritor que ha adherido al proyecto SEMANA DE LOS PÁJAROS (10 al 16 de noviembre)  y 17 de NOVIEMBRE: DÍA DE LOS PÁJAROS – HOMENAJE A GASTÓN GORI cooperando en la etapa de difusión por radio y diarios de San Cristóbal y Rafaela.

Al actualizar esta recopilación iniciada en el otoño de 2003, reitero…

“Palabra y piedras lanzadas”

Alguien lanzó una piedra

y a un pájaro de muerte hirió,

otro lanzó una palabra

y una esperanza mató.

Palabras y piedras lanzadas

no retroceden jamás,

preciso es reflexionar

antes de echarlas a andar.

No significa que calles,

otorgando al silenciar,

sino que seas conciente

que ellas no retornarán.

Si tus palabras son voces

que buscan fuentes de luz,

no tendrás que arrepentirte

porque bebes la virtud.

Vivir haciendo preguntas,

después de actuar sin pensar,

sólo es propuesta de necios

que buscan justificar.

Justificar ante el mundo,

algo que hay que cambiar,

pero que no quiere hacerse

porque es carne individual.

Alguien trajo con amor

el pan que alegró la mesa

pero también la palabra

para formar la conciencia.

Conciencia el hombre precisa

para saber adónde va,

logrando de esa manera,

gozar de la libertad.

Palabras y piedras lanzadas

no retroceden jamás,

preciso es reflexionar

antes de echarlas a andar.

Víctor Hugo Vargas

“Palabras y piedras lanzadas

no retroceden jamás”.

(Antiguo proverbio romano).

En el portal de SEPA-ARGENTINA incluí otros poemas, impresos también en el CD “Del vivir y vibrar” presentado al atardecer del 10 de mayo de 2006 en el Centro Comercial de Santa Fe.

Aquí, reitero…

Qué me importa…

Qué me importa si el color

de tristeza pinta el cielo

y que los pájaros no dancen

con gracia en su raudo vuelo.

Yo siento a la primavera

danzar por los sentimientos

y canturrear mil palomas

en el vaivén de mi cuerpo.

El otoño se adormece

cándidamente en la tarde

mientras nuestro amor florece

en tu vientre ahora en flor.

 Víctor Hugo Vargas

San Cristóbal

* * * * * * * * * * *

 

En amarillentos papeles guardados en una carpeta forrada con papel plastificado –tipo araña verde-, encontré originales de poemas que escribí en la década del ’70 y principios de la siguiente.

En esta primavera de 2006, reitero algunos…

Ven palabra…

Ven palabra, ven…

No arrastres al silencio

con el violento viento.

Ven palabra… ven

para volar sobre las ramas

con el mensajes de los pájaros.

Ven palabra… ven.

Pierde tu timidez

Vuelve tu grito, denuncia las miserias.

Ven palabra… ven.

Te necesito para el perdón y la caricia.

Te necesito para nombrarlo a Dios.

Ven palabra… ven.

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

Santa Fe de la Vera Cruz.

Como un viento fugaz…

Cual camalote sobre el río

Transitamos entre pájaros

y reptiles miméticos.

Inauguramos cada día

con jirones de esperanza:

una mirada o un beso

un amigo o una ausencia…

mientras la vida se nos va

como un viento fugaz entre dos ramas.

 

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

22 de noviembre de 1984 – Hoa 22:30

Santa Fe de la Vera Cruz

Tu vuelo

No imites a las gaviotas

sobre las aguas azules

buscando sólo la presa.

Intenta igualar su vuelo

para alcanzar otro cielo,

donde halles con pureza

reflejada tu silueta.

Abre tus alas hermosas

y convierte a las mañanas

con perfume a flor y mieles,

en una radiante estela.

Que alcances a las estrellas,

y mirando tu nobleza,

canten por ti las calandrias

que irán siguiendo tu huella.

No imites a las gaviotas

sobre las aguas azules

buscando sólo la presa.

Vive tu vida con alteza.

 

                              Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

Bariloche (Río Negro) – 1978.

 

A pesar de las distancias

Caminar sobre los frágiles tréboles…

Acariciar las rugosas cortezas de los ceibos,

buscarte en el espacio infinito

donde reinan los pájaros

y sus trinos parecen una plegaria.

Ahogarme en un llanto sin lágrimas,

mirar el cielo…

y convencerme que es lo único

que aún queda, idéntico

a otros veranos cargados de frutos,

de los más admirables:

los de nuestras vidas compartidas,

que por el poder de Dios,

llegarán a ser eternas

a pesar de las distancias.

……………………………………………………………….

Volver a caminar sobre los tréboles,

a acariciar las cortezas de los ceibos,

y buscarte en el espacio infinito.

¡Por fin, hallarte!

a pesar de las distancias.

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

“Los Amores” en “Las Delicias”

Sauce Viejo – 18 de febrero de 1978

Materia ardiente

Me he sentido como si fuera un árbol,

prisioneras mis raíces en la tierra;

mi piel suave como el tallo joven,

débil para vencer los vientos de la noche.

Creciendo me fui tornando

fuerte cual la corteza del ceibo o del lapacho,

altas las amas, buscando al cielo azul

o a la nube borrascosa presagio de tormenta.

Con los límpidos cielos y los vientos bravíos,

Aprendí a acunarme sin temer a la vida.

Si algún ciclón malvado, mi cuerpo mutiló,

Confié en el brote nuevo y el brote, así nació.

Cuando perdí mis hojas y mudé mi color,

comprendí que la savia, se secó en mi interior;

pero aún quedé erguida,

sin mueca del profundo dolor.

Algún caminante, tal vez, me contemplará

y en el bosque verde que callada habito,

se sentirá tentado por derribarme,

hachar mis ramas y atarlas en un haz.

Ven pronto, caminante, toma tu hacha,

golpéame con fuerza para pronto acabar

con esta triste instancia de ser sólo una imagen

del esplendor pasado y la muerte tenaz.

Fui cual árbol para alegrar con esperanzas nuevas,

a quienes compartían el milagro vital,

que es cada temporada primaveral.

Haz conmigo una cuna o una hamaca.

Fui como el árbol para servir de apoyo callado

al labriego y al pensador cansado.

Hay entonces conmigo, leñador esperado,

una hoguera… y siéntate a mi lado.

Si me he sentido árbol,

ha sido porque tuve raíces profundas,

follaje y esperanzas echadas a mil vientos

y tuve sobre todo, deseos de ser fuego.

No el fuego que ruin mata tejidos y materia,

sino el fuego que templa la forja del herrero,

que ayuda a la experiencia para la nueva ciencia,

que invita a hacer la ronda… y a dialogar muy quedo.

Llévame entre tus brazos… deja pasar el tiempo.

Cuando esté seca… seca… tú oirás mi crepitar,

pero en los mil chirridos, y no más ser

simplemente materia, también pronta a desaparecer.

 

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

Desde “Los Amores” en “Las Delicias”

Enero de 1981.

A Hugo Mandón

El tiempo habrá envejecido mis papeles

y joven brillará aún tu poesía

en ese diálogo íntimo de octubre:

“La vida es una larga pausa

preparatoria para morir

y dejar algún recuerdo,

una palabra, un gesto,

dado alguna vez al aire de la tarde

y luego inolvidable.”

Tú, el gran poeta

como el ave peregrina

hiciste de esa pausa

un andar de caminos

regalando tu trino.

Cantaste a tu país y a su gente.

Dios te dio la alegría

de lanzar a los vientos tu prosa

en tu última primavera recorrida.

Tu voz quebrada

y profunda tu mirada,

fueron testigos del secreto revelado:

“Escribiré sobre Gastón y su Anatole”.

Con las alas cortadas,

te remontaste igual, en el espacio infinito,

porque usaste la palabra…

y tus ideas, multicolores como las mariposas,

tenían la fuerza del cóndor invencible

y cruzaban montañas.

Ahora que has partido,

allí entre tus cosas, en tu nido,

podrá renacer como el fénix tu mensaje sentido,

y tal vez una lágrima hecha lluvia o rocío,

empape nuevamente tus escritos dormidos,

por no haber sido comprendido.

Pero siempre habrá cerca un amigo

que ponga luz en la gota advertida,

y como hoy, será otra vez tu voz,

el arco iris que siempre nos sorprende

y al cual tanto se admira.

 

Hugo Mandón, pasó a la inmortalidad el 10-02-1981.

Gastón Gori, destacado escritor santafesino y

Anatole France – Primer Libro editado por

Gastón Gori, Buenos Aires, Ed. Porter Hnos., 1960.

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini. 1981.

 

A Gastón Gori

Generosamente, en un tiempo joven

Recibí una obra de tu mente,

Ayudándome a enriquecer el alma

Con la belleza pura del poema.

Inesperadamente, Dios me tendió un puente

A distancias enormes… recorridas

Sin conocerte más que por tu prosa.

Gastón Gori…

Ahora ya sé que eres Pedro Marangoni.

Seudónimo que te hizo crecer,

Tanto como poeta, como hombre.

Orgullo de las Letras, tu nombre!…

Nunca olvidaré tu gesto noble.

Gastón Gori.

Oh!… grande en tu humildad, como los grandes.

Recojo yo tu actitud generosa,

Inclinándome ante tu gloria, respetuosa.

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

Santa Fe de la Vera Cruz. 25-10-80

Mi gratitud por presentar mi primer libro

“Poemas para Tioco” el día anterior,

en la Sala  “Leopoldo Marechal” del

Teatro Municipal “1º de Mayo” de Santa Fe.

………………………………………………………..

Posado el benteveo sobre la rama

regala al aire su canto mañanero.

Una mirada clara atrae otras miradas.

El amor sigue encendiendo sus lámparas.

………………………………………………………….

Nidia Orbea Álvarez de Fontanini

03 de octubre de 2006

 

* * * * * * * * * * *

Crece la bandada…

Más vuelos poéticos y aquí, una recopilación de poemas difundidos en la red de redes -seleccionados tras sucesivas lecturas- los generosamente enviados por sus autores como adhesión al proyecto Semana y Día de los Pájaros – Homenaje a Gastón Gori..

Golondrinas

Imitan los enjambres,

Ennegrecen el cielo

Con puntos danzantes.

Los chirridos espiralados

Reúnen a las avecillas leves

Para la gran travesía.

Sobre la ciudad inmóvil,

Que se queda aferrada

A la llanura.

Sobre nosotros danzan

Sobre nosotros,

Por sobre nuestros ojos emocionados.

El tiempo pautado

Por partidas y retornos,

Firmamento inescrutable.

Y la húmeda mirada de mi madre

Que dice

¿Estaré aquí cuando vuelvan?

 

                                 Mónica Russomano

                                 Santa Fe de la Vera Cruz, República Argentina.

                                            (Recibido el sábado, 26 de febrero de 2005.)

El benteveo

Por Mónica Russomano

(Envío miércoles 18-01-2006)

 

Él me escribió desde lejos “Recién bajé del techo, en mis meditaciones sin resultado, pero había un gran murallón rosado de nubes altas que absorbían la última luz del atardecer, y delante unas nubes con formas de algodones pero de un color gris acerado muy extrañas y lindas en su
combinación”.

Claro, con un hombre de mirada celeste una se pasea con los ojos vueltos hacia arriba, y se termina por hallar en las alturas la maravilla, y también el espanto.

En la esquina de San Martín y Suipacha, en un rincón de enmarañados cables eléctricos, en un primer piso abierto a soles y tempestades, desaliñado y frágil, un torpe nido de jirones arrancados a pasacalles  albergaba un benteveo. Pequeño y gritón, el pajarito reclamaba al adulto que acudía con bichitos cazados a vuelo raudo.

Nos detuvimos en la vereda opuesta sonriendo a la maravilla de la vida, en un mágico cuadro inmóvil. Una mujer en la única ventana abierta se peinaba sin prisa, y con brazo lánguido entregó al aire cabellos etéreos.

Largo rato silencioso dejamos que la escena se desplegase para nosotros. Era un regalo inesperado, y nos retiramos con el recogimiento de un fiel que se persigna al traspasar las puertas de su templo.

Retornamos, porque no se conforma la humanidad con entrever la obra de arte; buscamos vanamente repetir el asombro, y tal falta halla su castigo.

El pajarito estaba quieto, colgante y deslucido, abandonado a la inclemencia de la muerte sin sepultura. En la fachada de persianas cerradas, la única ventana abierta era la de la mujer inmóvil, que nos miraba inescrutable.

Deseé no haber visto el nido, deseé no saber que la vida es un milagro fugaz. Anhelé borrar el recuerdo, el canto de los benteveos, el saltito ratonil de los gorriones. ¿Con qué objeto escrutar los cielos, si han de repetir las decepciones de los llanos?

No hubo lágrimas en mi rostro, pero lloraba.

Que todo y todos hemos de desaparecer, lo sabemos. Que no hay justicia en la muerte, que el destino es un camello ciego, que la guadaña siega por igual las espigas maduras y los brotes tiernos. Lo sabemos.

No me niego, sin embargo, a la humana indignación. He de llorar vana, inútil, humanamente por el pajarillo inerte.

Mónica Russomano.

 

 

* * * * * * * *

 

Tras un diálogo durante la XII Feria del Libro de Santa Fe en el auditorio “Gastón Gori” durante un encuentro con escritores de distintos departamentos convocados por el Servicio de Educación por el Arte, comenzaron las comunicaciones con la Prof. Marta Goddio residente en Llambi Campbell, departamento La Capital.

Con sus alumnos de la Escuela Nº 46 “Bernardino Rivadavia” de Candioti, durante los meses de junio y julio de 2006 había desarrollado su proyecto “Sembrando ventanascosechando trinos” relacionado con obras de escritores santafesinos -Gastón Gori, Teresa Guzzonato…- y con “lo ecológico”, los árboles, los pájaros…  Esa experiencia merecía una amplia difusión y así lo interpretaron las autoridades y compañeros de la citada escuela, quienes también apoyaron la celebración de la SEMANA DE LOS PÁJAROS (10 al 16 de noviembre) y el “17 de NOVIEMBRE: EL DÍA DE LOS PÁJAROS – HOMENAJE A GASTÓN GORI”.

El palo rosa

(Los árboles fuertes crecen silenciosamente…)

 

* * *

…un día de fuerte tormenta, la lluvia torrencial la arrastró…

 

***

En el alto Paraná, bajo un sol tropical de fuego; el río bajaba lento, entre escarpadas orillas, en una enmarañada espesura de la jungla misionera. Allí donde el río remanseaba; esas verdes y frondosas orillas se abrían, formando un gran espejo de aguas reverberantes. Relucientes estrellitas estallaban titilantes en la superficie, sobre las ondas temblorosas, en una  danza lenta y cautivante.

Miles de troncos con brillos remojados, iban dando vueltas lentamente en torno a sí mismos, como en una gigantesca calesita maderera.  Como tras el canto de invisibles sirenas; atrapados por el río, que había decidido entretenerse juguetón, un titánico momento, en su cauce trajinoso. Giraban y giraban, primero casi con desgano, desordenadamente. Luego se agrupaban más y más a medida que se iban juntando en el centro, ya rápidos, en torno al vórtice del caudaloso remolino.

La presión que ejercían los mismos troncos sobre los que eran apretados en el centro, hacía  que éstos se movieran como con vida propia, tratando de zafarse, corcoveando como potros desbocados. De cuando en cuando, por la succión, algún tronco gigantesco se levantaba sobre sí mismo, se debatía como si luchara por su vida contra un monstruo profundo, y se sumergía engullido por el  voraz girar de  las aguas plateadas.

Desaparecía, y al rato otro tronco iniciaba la danza del remanso, y el  monstruo lo engullía mientras allá a lo lejos, en el  agua ya tranquila, emergía de golpe un tronco de punta, que saltaba a la superficie, volviendo del fondo; cómo si volviera al aire, al sol, a la vida;  como si hubiera vencido al  feroz monstruo de las profundidades.

El Río tras distraerse y juguetear en el remanso, volvía a seguir su curso, y llevaba consigo los troncos recuperados, que de a poco iban siguiéndolo mansamente en los sinuosos trazos, de recodos y desplayados, entre la selva tropical, y el sol que calcinaba.

A la altura de Garupá, antes de llegar a Posadas, con las aguas más calmadas;  los troncos, son retirados a la orilla del río, extraídos uno a uno, y depositados en un gran playón.  Allí reposan apilados momentáneamente, hasta  que ser comercializados, destinados a diversas aplicaciones.

Lo que no sabíamos la gente, es qué pasaba con los troncos, cuando los troncos quedan solos, y  se encuentran en grupos, en momentos en que están seguramente preocupados por lo qué va a ser de ellos, en poco tiempo más.

Y allí es cuando nos enteramos que los troncos hablan entre sí.

Mejor dicho, se comunican, porqué hablar, no hablan, al menos no como nosotros.

Porqué nosotros sabemos que los árboles sí hablan; o al menos susurran con sus hojas en el viento, a veces silban, o  se quejan cuando sus ramas son violentadas por las tormentas, y hasta protestan cuando los hieren o los voltean a hachazos en el monte.

Parece ser que se comunican por ondas, tal vez una resonancia molecular, o alguna cosa de esas, silenciosas para nosotros, pero entre ellos se entienden, aunque no a gran distancia…

Así me contaron… -Al menos así es con los troncos de la selva misionera…

El más grande era también el de mayor edad. Tenía, antes de que lo hacharan, más de cien años y era de la zona de “El Alcázar”. Era un tronco de Palo Rosa, que es el árbol más alto en el follaje, que forma el verde dosel, el manto que cubre la selva. Él fue el que comenzó la conversación: Sostenía que no estaba de acuerdo con lo que se decía de que eran “Vegetales”. Que sería como estar vivos pero no hacer gran cosa, más bien nada: ”vegetar”; y ellos sí que hacían cosas.

Cosas muy, muy útiles, como ser: aparte de la sombra, todos juntos formaban los montes y las selvas, que producían y renovaban el oxígeno que respiraban todos los seres  vivos, daban frutos que comían las aves, y muchos otros animales, incluso la gente, abonaban el suelo, eran refugio de muchísimos nidos, y tantos productos se obtenían de sus hojas, sus frutos y hasta de sus propias raíces. Incluso mientras crecían, iban endureciendo sus maderas que luego serían vigas, tablas, muebles; que serían cunas o mesas en los hogares de la gente, y puertas y ventanas quizás, y tantas cosas que se usan en el mundo para bienestar  de todos. Negritas aquí

“¿Cómo que vegetales?” -decía; más bien transmitía, a los demás troncos apilados junto a él, ya envalentonado, aunque todo esto sin un solo ademán, y ni un solo gesto.

“¿Y los sentimientos?” -prosiguió un Lapacho Negro. -“¿O no tenemos sentimientos?”…

“Yo sentía una gran alegría al ver un nuevo nido en mis ramas, o cuando piaban pichoncitos de una nueva camada” -decía enternecido…

Un Cedro, que cómo árbol era de los más altos, de los que formaban la techumbre con sus