Francisco Medrano (Español, 1570 – 1607) Autores diferentes Nacionalidades Literatura DÉCIMAS. 1 En la fiesta de San Antonio. ROMANCES. Romance de la muerte. SONETOS. A Fernando de Soria Galbarro. Ver: Tus ojos, bella Flora, soberanos, S. Pedro, en una borrasca, viniendo de Roma. En la playa de Barcelona, volviendo de Roma. Al Licenciado Cristóbal de Mesa, Al mismo entrando en las escuelas de Salamanca. A Fernando de Soria Galvarro. ODAS. a Don Alonso de Santillán. A N., hermosa y astuta dama de Sevilla. A Francisco de Acostas. A Don Alonso de Santillán, que volvía de las Indias. Profecía deel Tajo en la pérdida de España. Francisco Medrano, nació en Sevilla en el año 1570. Fue educado en institutos de los Padres Jesuitas y egresó de la Compañía mientras cursaba el noviciado. Luego estudió en Salamanca; estuvo vinculado a grandes escritores de españoles, entre ellos los sevillanos Baltasar de Alcázar (1530-1606) y Fernando de Herrera, apodado “el Divino” (1534-1597)… En “el Parnaso”… no hay señales sobre su trayectoria ni ecos de sus poemas. [1] Aquí, lo leído en la “red de redes”, casi tres siglos después de “su Último Vuelo”… DÉCIMAS 1 En la fiesta de San Antonio Si tenéis sed de virtud, venid, almas, y vebed, y mataros a la sed la fuente de la salud. Y aunque no es agua de pie sino de mano de Antº, eterna es por testimonio que desso nos da la fee. A su casa recién hecha Antº quiso traella y damos junto con ella de virtudes gran cosecha, que es aquel niño divino agua de fuente de vida, consagrada y convertida en casto y virginal vino. Y por tan dichoso lance es con gran razón llamada de Jesús esta morada, que es de salud en romance. 2 Bien sé que se ríe el mundo, de ver cómo taño y canto, auiendo llorado tanto mi dolor graue y profundo. Sepan que en esto me fundo, que en los tormentos mortales y las penas desiguales, no me aprobecha llorar; y ansi procuro cantar por ver si espanto mis males. Canta el presso alegremente, los duros grillos tocando, y el trabajador, cantando, su trabajo menos siente; cata dulcíssimamente el paxarillo enjaulado. Y yo, de penas rodeado, procuro cantar un poco; mas no piensen que estoy loco, sino de llorar cansado. Vn tiempo alegre canté, mas fue tal mi suerte auara, que lloré porque cantaba, y oy canto porque lloré. Si de mí mismo no sé, ¿por qué se espantan si canto, y auiendo llorado tanto y sabiendo en qué consiste, pues siempre el canto del triste suele conuertirsse en llanto? Burle el mundo de mi canto, y burle quien me mató; mas sepan que entiendo yo que fue disparate el llanto. Ya me alegro, taño y canto, ya no quiero más llorar que me quisieron matar; mas pues el cielo lo ordena, para mitigar mi pena, quiero tañer y cantar. ROMANCES 1 Que toques a recoger te a persuadido mil veces, pensamiento, el desengaño: yerras si no le obedeces. En los sulcos que as arado, más, pensamiento, no siembres, que la cosecha es estéril, y vas, sin duda, a perderte. Ponte, pensamiento mío, con vn amo que te premie, que el seruir y no medrar es vil linage de muerte. Quando te lisongearen con deleites aparentes, quita la máscara al gusto y echarás de ver que mienten. Deleite y necessidad tienen la cara de erege: necessidad quando bive y deleite quando muere. Y en la tragedia del mundo, haze los buenos papeles no a el que apadrinan sus partes, sino al que ayuda la suerte. Pero al fin de la jornada, así a desnudarse viene el que gouernó dos mundos como el que rigió dos bueyes. 2 Romance de la muerte Al son cuerdo de las cuerdas de cordura y de prudencia, en la vigüela de vida, porque siendo vida vuela, un officio de difuntos cantar si puedo quisiera; váyase quien no gustare de este mi requiem eternam. De mill engaños çercados, no vemos cómo se açerca, ay, nuestra çercana muerte para saltar nuestras çercas. Yo mismo que canto agora, si un punto me detubiera, no cantara más que un canto ni hablara más que una piedra. Digo, pues, que vendrá día quando la rara belleza pierda su bella figura y no aya quien quiera vella; quando verá más el alma a la luz de una candela, que agora ve a medio día quando la deel sol esfuerça; quando los ojos que viuos christales de roca fueran derrocando coraçones, se derruequen a la tierra; quando la cara más cara tan barata se nos venda que miralla cara a cara por caro preçio se tenga, y a las delicadas manos, que en todo la mano lleuan, ya todos les den de mano, y aun de pie si las enqüentran, y de los rubios cauellos de que mill ánimas cuelgan, cuelguen doblados gusanos que por ellas se descuelgan; quando el pecho de alabastro a quien oy el mundo pecha, a la tierra pague pecho, andando pecho por tierra, y la cabeça cargada de perlas y ricas pieças, hecha pieças, sobre sí tenga una carga, de piedras; y perdiendo el propio nombre, le tome de calauera, porque quien cala verá en qué paran las cabeças; quando por la cama blanda, la tierra dura suçeda, dura que al que en ella dura durar mucho no le deja, y por ropa libre y ancha, justa y angosta librea; y por las joyas, la hoya; y las piedras, por las perlas; quando con nueuos cantares y músicas de tristeza, casen nuestros huessos tristes, por ser huessos, con la güessa. Razón es, pues, aprestamos, pues la muerte viene presta, y en su presto y breve tranze aprestarse sólo presta. Con la consideraçión paseemos la carrera: carrera que emos de dar sola una carrera en ella. Y quien la memoria de esto tiene por agora presa, entonçes la presa, rota, le molerá de represa. 3 Un bulto casi sin bulto de güessos de un hombre sancto, un cuerpo de poco cuerpo, de carne de un descarnado, remontado por los montes, solo, puebla un despoblado, y por entre peñas viuas trae su vida despeñando. Sobre las sierras peladas andan los güessos pelados de Francisco o de la sombra de Christo cruçificado. Viste el desecho del mundo, y dél se a deshecho tanto, que es, por deshecho y de hecho, dechado de desechados. Un capote de sayal es su vestido ordinario, hábito de quien tenía hábito de andar gallardo. Los dessencasados ojos trae con el çielo casados, y con los clauos de Christo errado, pero no herrado. Todo eleuado en el çielo, de tierra todo eleuado, eleuado porque a Dios su coraçón es lleuado. Quiérese llamar menor por su mayor menoscabo, menoscabo porque cabe en qualquiera menor cabo. Dios por su menor le toma, y en todo le a mejorado viendo que es lo que le da mejorado y mejor dado. Çiñe una cuerda su cuerpo, cuerdo en todo y acordado, pues con la cuerda concuerda los quereres discordados. Sus pies descalços por tierra, mas por el çielo descalços, siempre en vela sus sentidos y de velar desuelados. De su çiliçio y çilençio, por no rompérselo, callo, y de sus santas rodillas, también callaré los callos. Si sus milagros contara, fuera muy largo y milagro. Ceso, pues, y de su seso puede otro seso alabarlo. Sólo diré que en su iglesia Dios puso exemplo tan raro a perfectos y imperfectos para imitallo y mirallo. SONETOS 1 A Fernando de Soria Galbarro Este soneto es como prefación y dedicación de los demás Sé que allá corre el mundo asaz ligero donde (fatal ministro de su muerte), pródigamente ponçoñoso, vierte más de dulçura el verso lisongero. Bien como a infante pues, que sin entero seso el remedio de su mal no advierte, beba lo falso, y a beber acierte, yendo engañado al bien, lo verdadero. Sólo aquel tocó el punto, que prudente con lo dulce templó lo provechoso (¿y a quién fue Apolo, a quién, assí clemente?). Yo, Sorino, lo intento, cudiçioso deel pro común; tú apruebas que lo intente: succeso den los cielos venturosos. 2 Tus ojos, bella Flora, soberanos, Tus ojos, bella Flora, soberanos, y la bruñida plata de tu cuello, y ese, embidia del oro, tu cabello, y el marfil torneado de tus manos, no fueron, no, los que, de tan ufanos quanto unos pensamientos pueden sello, hiçieron a los míos, sin querello, tan a tu gusto vitorioso llanos. Tu alma fue la que vençió la mía, que spirando con fuerça aventajada por ese corporal apto instrumento, se lançó dentro en mí, donde no avía quien resistiese al vencedor la entrada, porque tuve por gloria el vencimiento. 3 A. S. Pedro, en una borrasca, viniendo de Roma Pescador soberano, en cuyas redes los monarcas mayores an estado dichosamente presos, y cambiado en gloria sus prisiones y en mercedes; tú que abrir y cerrar el çielo puedes, con poderosa llave, a tu ganado, y alcaçar en la tierra as alcançado con colunas de pórfido y paredes: los ojos vuelve al mar enfureçido, y pues tal vez osó mojar tu planta aun siendo ‘ollado de tu fee animosa, su ‘inchazón rompe, acalla su rüido, y enseñado dicípulo, levanta mi fee y mis pies con mano poderosa. 4 En la playa de Barcelona, volviendo de Roma Pláçeme veer el mar quando se enoja, y a montes d’agua montes acumula, y al experto patrón (que disimula, prudente, su temor) puesto en congoja. También me plaze veerle quando moja la orilla malavés, y en leche adula a quien sus culpas llevan, o su gula, a cortejar qualque birreta roja. Turbio me plaçe, y pláçeme sereno; veerle seguro, digo, desde afuera, y éste medroso veer, y éste engañado: no porque me dé gusto el mal ageno, más por ‘allarme libre en la ribera, y deel mar falso asaz desengañado. 5 Vine, y vi, y sujetóme la ‘ermosura de un serafín que, en apariençia humana, a los mortales ojos tal se allana que aunque flacos, sostengan su luz pura. Assí mirarse deja con segura vista el temprano sol de la mañana, y entre nubes de nieve tinta en grana permite a nuestra vista su figura. Vençióme, y tan dichoso fui vençido quanto sin tiempo de gozarme en sello, porque me priva ausençia de gozallo; que de muy sin ventura siempre a sido llegar al bien, y vello ya, y tocallo, y para más dolor, luego perdello. 6 Al Licenciado Cristóbal de Mesa, en su poema de la Restauración de España Hizo astillas el iugo, y la coyunda afrentosa rompió con que oprimida se vio España, la espada no vençida que imperio nuevo al gran Pelayo funda. Tentó malgrato el tiempo, con profunda embidia, olvidar gloria tan creçida; y a los ojos deel sol y a nueva vida oy la ofrege tu pluma sin segunda. A aquélla la morisma infame muerta, a ésta el olvido bárbaro vençido, y a una y otra su gloria, debe España: mas si una de los moros la liberta, y si otra la liberta deel olvido, ¿quál haze de las dos mayor hazaña? 7 Estaba de mi edad en el florido abril, que fruto asaz me prometía, y de mi Flora en el regaço un día vi reposar al niño Amor dormido. Las alas, que tan alto le ‘an subido, por no bajar, abandonado ‘auía; yo, que de zelos y de embidia ardía, tenté con ellas usurparle el nido. Volar tenté, mas de la luz medroso de tus soles, oh Flora, mudé intento, con el fracaso d’Ícaro avisado; que es más valor tal vez ser temeroso, y no siempre Fortuna da al osado fabor, ni quiere el gusto ser violento. 8 Borde Tormes de perlas sus orillas sobre las yerbas de esmeralda, y Flora hurte para adornarlas al’ Aurora las rosas que arrebolan sus mexillas; viertan las turquesadas maravillas y junquillos dorados, que atesora la rica gruta donde el viejo mora, sus Dríades en cándidas çestillas, para que pise Margarita ufana, tierra y agua llenando de fabores. Mas si uno y otro mira con desvío, ni las Nynfas de Tormes viertan flores, ni rosas hurte Flora a la mañana, ni su orilla de perlas borde el río. 9 Al mismo entrando en las escuelas de Salamanca Soberano Señor, cuyo semblante tal vez nos representa a Marte crudo, con el estoque vengador desnudo y la túnica estrecha de diamante: tal, nos pone pacífico delante (preso el cabello con curioso ñudo de lauro, y con un libro por escudo) no menos sabio a Apolo que elegante: honrra ahora las letras, y con ellas, émulo de tu padre y de sus leyes, da a la paz el dominio de tu tierra. De tu abuelo después sigue las huellas, pues igualmente es propio de los reyes amar la paz y exercitar la guerra. 10 A Fernando de Soria Galvarro Vos, oh común Señor, esta criatura vuestra ezistes del polvo, i vuestro aliento le prestó ser, i vida, i movimiento, i la razón derecha, i la figura. Yo, ciego (¡i cómo ciego!), la dulçura seguí de un breve i falso bien, sediento (¿qué útil pudo al polvo traer el viento?), y olvidéos, fuente llena siempre i pura. ¡Oh agrauio sin igual! ¿Qué recompensa dar puedo, si aun me duelo escasamente, i otra repito luego, i otra ofensa? Largádmelas, Señor, que si las sañas guardáis Vos, un tan franco i tan paciente Dios, ¿en quién avrá fáciles entrañas? ODAS 1 a Don Alonso de Santillán Alférez Real de los Galeones Santiso, ¿ahora, ahora la riqueza de los Ingas embidias, y, guerrero, ya oprimes con azero la frente, y con destreza juegas ya el hierro fiero? ¿Fabricas al flamenco y inglés pirata cadenas? y amenaza tu estandarte a aquella oculta parte do, sediento de plata, osó penetrar Marte. Sea; y ufano tus rebeldes huella, de ellos violento dueño apoderado. ¿Servirte han de su grado esclava la donzella o el moço aprisionado? ¿Ardes por oro?; bebe, bebe; y tanto el avaro y más que Átalo posea: poder matar no crea su sed: fáltale ¡oh, quánto! a quien mucho desea. Bien posible será volver el río que de altas cumbres vierte despeñado, a sus fuentes, de grado; veerse elado el estío y el hibierno abrasado; quando tú aquellas con razón divinas letras deel Aristótil que estimaste ya, y sédulo aquistaste, ¡en quáles disciplinas, malconstante, trocaste!: la çiença noble en mercantil cuidado, y la que sobra todas alabanças toga modesta, en lanças: ‘aviendo de ti dado tan otras esperanças. 2 A N., hermosa y astuta dama de Sevilla A N., hermosa y astuta dama de Sevilla Si pena alguna, Lamia, te alcançara por cada voto que perjura quiebras; si almenos una de tus rubias hebras en cana se trocara, creyérate: mas luego que, engañosa, la fee rompes debida al juramento, tú, de la juventud común tormento, despiertas más ‘ermosa. Falta pues, Lamia bella, al siglo ‘onrrado de tu defunta madre, sin reçelo; falta a tu vida misma; falta al çielo la fee que les ‘as dado: pues de veer quánto número confíe de moços en tus juras, y qué artera burles al más astuto que te espera, todo el çielo se ríe. Más: que la juventud para ti creçe toda; créçente nuevos servidores, y de los que hoy desprecias amadores ninguno te aborreçe: de ti la madre teme a su querido hijo; terne de ti el viejo avariento; teme la esposa que tu dulçe aliento detenga a su marido. 3 ¿Qué pide al çielo el biendiciplinado filósofo? De Creso no el tesoro, ni de Midas el oro, ni de Augusto el estado, ni el trigo que Seçilia fértil siega, ni las vacadas de Calabria gruesas, ni las anchas dehesas que el Guadalquivir riega. Poden aquellos a quien dio Fortuna viña, y la plata con primor labrada sirva al que estima en nada el golfo, y le importuna y sulca tres y más vezes sin pena, caro a los çielos mismos. Yo, contento con poco, el mar violento veré desde la arena, y al çielo pediré sola una onesta y mediana fortuna, con buen seso; una vejez de peso, ni a mí ni a otro molesta. 4 El entero varón, de culpas puro, por do quiera sin flecha enherbolada y sin arco, Sabino, y sin cargada aljaba irá seguro, ora traviese páramos desiertos, de ‘umanas plantas no jamás ‘ollados, ora çerradas breñas, o empinados y malseguros puertos. Tal vez pasé, con religioso antojo de veer al gran pastor que el Vaticano mora, los montes donde el africano caudillo perdió un ojo, y, de Flora cantando la belleza, sin armas con que deél me defendiera, huyó un lobo de mí, que mayor fiera no vio Naturaleza. Véame, pues, en la región ardiente, negra y estéril con eterno estío; véame en la que siempre abrasa el frío, y al sol no vee luziente; que en cuanto el çielo vueltas multiplica, para que el sol al mundo luz envíe, amaré a Flora, la que dulçe ríe, la que dulce platica. 5 Ya, ya, y fiera y ‘ermosa, madre de los amores, quebrantado desamparé tu enseña. ¿Y tú, embidiosa, a mí? ¿tú a mí, malsano y desarmado? ¿Qué te podré yo ser? Al vulgo vano risa, y silvo afrentoso; Al sabio ¡oh, quánto espanto!, y al piadoso; ¡quál fábula al profano! Deel venusto semblante la ya florida tez huyó marchita, y el pelo, que en la frente alçó arrogante cresta, desnudo otoño lo exercita. Ni contender con el ribal podría, ni esperar, vanamente crédulo, amor reçíproco en la ardiente llama sabrosa mía. Puedo apena sufrirme, inútil carga, ¿y burlas, oh ‘ermosa? ¿o provócasme seria? ¿y conduçirme a tu milicia esperas peligrosa? Su Cypro, ay, Venus a desamparado, y en fuego convertida y en belleza (ya tal se mostró en Ida), toda en mí se a langado. Árdenme aquellos ojos negros de la Amarili, que, serenos, roban el sol; aquellos sus enojos árdenme, de sal -más que d’ira- llenos; su dulçemente açerba rebeldía, y de su negro pelo el oro, el fuego. ¿Arabia y Mongibelo tal fuego, oro tal cría? ¿Quién trocará, prudente, por cuanto el Inga atesoró, el cabello de Amarili? ¿y por todo el rico Oriente?: quando ella tuerçe -¡oh, cómo hermosa!- el cuello a mis ardientes besos, y, rogada, con saña fácil niega lo que ella, más que el mismo que le ruega, dar quisiera, robada. 6 Huyó la nieve, y árboles y prados de hoja y grama se visten; la tierra se rebeza, y, amenguados, los ríos no la embisten. El año te amonesta que no esperes bienes aquí immortales, y el día, que arrebata los plazeres y gustos no cabales. Amansa deel hibierno yerto el frío con Fabonios templados; y al verano ahuyentan, deel estío los soles requemados. Éste fallesce luego que el sabroso otoño nos madura los frutos, y el hibierno perezoso por tornar se apresura. Mas los daños deel tiempo, presurosas, las lunas los reparan; y restituye el Zéfiro las rosas que los Çierços robaran. Nos, de peor condiçión, si tal vez una a aquesta luz cedemos, ¿en qué abril, a qué viento, con qué luna renovamos podremos? 7 Quando tú me encareçes oh Amarili, de Iulio el talle hermoso, y, mirando, enmudeces, a Iulio, con descuydo malcurioso, ¡ay, cómo arde en mi pecho infernal rabia! Y con dolor esquivo rebienta a mi despecho por los ojos el llanto fugitivo. Y, cambiando colores, indicaçión da el rostro fatigado de quán fieros ardores en mi alma lentamente se an lançado. Quémame veer señales de burlas en tus braços de alabastro; quémame en los corales de tus labios veer de otro fuego el rastro. No (si tú bien me escuchas) con moços libres, so color de juego, osada emprendas luchas, que allí oculto de Venus yace el fuego. Oh tres vezes dichosos los que añuda con lazo Amor tan fuerte que zelos rigurosos primero no lo rompan, que la muerte. 8 Si de renta más qüentos que los Ingas y chinos alcançares, y tus anchos çimientos las tierras ocuparen y los mares, ni la certera flecha de la muerte huirás, ni de su miedo la importuna sospecha tenerte dejará el ánimo ledo. ¡Oh, mejor el gitano, sin patria conocida ni solares, vive!, y el africano en movedizas casas aduares, a quien fruto creçido, no con lindes tasado ni mojones, el campo agradeçido rinde, y de trigo fértiles montones. Y, con labor de un año llenos, holgar permiten a la tierra; y al que administra ogaño, igual otro succede, paz y guerra. Allí el varón no rige, soberbia con la dote, su casada, ni el vicio malcorrige, deel poderoso adúltero fiada. Gran dote es la nobleza y onestidad, allí, de los mayores; el pecar, gran vileza, o su precio morir. Si los fabores -oh tú, quienquier que seas- de los siglos pretendes immortales; si escrito ser deseas Padre deel pueblo en públicos anales, osa enfrenar, severo cuerdamente, la vida licençiosa, y al siglo venidero virtud, que imite, ofreçe generosa. Pues tal es que, imbidiosos, en los presentes la virtud odiamos, y, de ella cudiciosos, si a los ojos falleçe, la buscamos. ¿qué sirven las querellas si el castigo las culpas no descreçe? ¿qué las leyes, qual ellas vanas, si, esento el pueblo, no obedece? Ni ya el estéril suelo de la tórrida, ardiente siempre y solo, ni ya el eterno yelo de los siete Trïones y deel polo, al mercader desvía de sus torpes ganancias: vence artero, con pertinaz porfía, tamaño golfo un breve marinero. Y presta la pobreza (grande oprobio oy) paciencia y ardimiento para qualquier vileza, y pone en torpe olvido el santo intento. O al común (do la fama y aplauso popular con glorïosos apellidos nos llama), o al mar vezino los rubís preçiosos y el oro inútil demos, de todo mal ¡quán çiertas ocasiones! Y si nos malqueremos las maldades, si bien somos varones, de la torpe avaricia las letras no se aprendan, no, primeras; mas beba en la puericia diciplinas el ánimo severas. No qual oy que no gusta ni andar sabe a caballo el ahembrado moçuelo, y la robusta caça teme: ¡oh el naype, assí, y el dado! Y tú, oh padre perjuro, y trefe a tus amigos y usurero, ¿con recambios el juro apresuras, y el çenso, a ese heredero? Está bien. Y sin tasa crezca la ‘azienda; crezca. Mas, ¿qué importa, si la cudiçia escasa siempre en un no sé qué la llora corta? 9 A Francisco de Acostas en la muerte del padre Iosef Acosta, su hermano ¿Quién pondrá freno y término al deseo de una vida, Faustino, assí preciosa? ¡Oh, cómo fuera dino aquí el empleo de tu voz numerosa y de tu lyra, Orfeo! Eterno sueño al grande Acosta oprime, cuyo par no vio el sol. Y la fee pura y la entereza, sin consuelo, gime sobre la sepoltura; ni ay quien no se lastime. Faltó en dolor de muchos; mas ninguno al tuyo igual. Tú, aquél, piadoso en vano, al cerrado sepulcro, tú, aquél, uno, al cielo soberano demandas importuno. Bájase fácil a la hoya escura; pero dar paso atrás, y a aqueste aliento y luz común volver (¡oh, cómo es dura provincia!) no es intento permitido a criatura. Es grave asaz la pérdida, y terrible y fiero es el dolor que de ella avino; mas (si emendar el hado es imposible) modérelo, Faustino, la paciencia invencible. 10 No estimes, no, por afrentoso el ñudo que con esclava te enlazó tan bella; pues otra ya, menos ermosa que ella, a Aquiles arder pudo. Agamemnón, la prez y ‘onor deel griego vando, ¿triunfo no fue de su cativa?; y otra la condición de Aiace altiva rendir pudo a su fuego. ¿Qué, Tirso? ¿no será que ilustre padre engendrase a tu Fili, y que los çielos le diesen, como a ti, nobles abuelos?, si no bien igual madre. Su aquel ánimo, almenos, generoso; aquel su coraçón assí arredrado de interés y doblez, no fue heredado, no, de padre afrentoso. ¡Y el rostro! ¿Dó se vio par hermosura? ¡Qué pie!, ¡qué manos tan a tomo hechas! Sano la alabo, Tirso, ¿qué sospechas? Ya la edad me asegura. 11 A Don Alonso de Santillán, que volvía de las Indias ¡Oh mil vezes comigo reduzido al postrer punto de la vida odioso!: ¿quál astro poderoso oy te ha restituido a tu suelo dichoso, Santiso, la mitad del’alma mía? Contigo alegremente los ardores de los soles mayores, contigo no sentía deel cierço los rigores. Ambos deel mar huimos proceloso la saña; a mí por medio del cerrado peligro mi buen hado, alegre y vitorioso a puerto me a sacado. A ti segunda vez, maladvertido, la resaca sorbió deel mar hambriento; y al arbitrio deel viento, y al caso, permitido te viste y sin aliento. Cumple tu voto, y, grato al cielo santo, con lágrimas gozosas ya el sereno rostro vaña, y el seno; que yo, Santiso, al tanto, te espero en Mirarbueno. ¡Oh, fuese a mi vejez firme reposo este lugar!; de mis navegaciones y peregrinaciones, ¡oh, término dichoso fuese!, y de mis pasiones. Este rincón, de todos los deel suelo me place más, do brota la primera y la rosa postrera; do siempre es uno el cielo, do siempre es primavera. Éste a la mesa espléndida conmigo y al brindis te combida. ¡Oh cuerdo ecceso! Dulce me es ser travieso, cobrado un tal amigo; dulce perder el seso. 12 Profecía deel Tajo en la pérdida de España Rendido el postrer godo a la primera y última hermosura que en el suelo vio el sol, del Tajo estaba en la ribera, moviendo embidia al cielo, de su adorada fiera. La real corona y cetro el ciego amante derribaba (¿y qué no?) a los pies de aquélla. Huéllalo todo altiva, y con semblante fiero otra vez lo huella; y él, ay, pasó adelante: ¡oh maldulce deleytel Puso luego calma enojosa en su corriente el río para advertir, aunque ofendido, al ciego rey, en su desvarlo, deel hyerro assí y deel fuego que le amenaza: «En punto desdichado ofendiste a esa ‘ermosa, oh godo injusto, que vengará con tanto y tal soldado África, de tu gusto y de tu real estado despojándote. ¡Ay, ay, quánta fatiga!; ¡quánto afán al caballo y al valiente infante amaga! ¡a lança y a loriga! Mueves contra tu gente ¡quánta diestra enemiga! Ya suena el atambor; ya las vanderas se despliegan al viento; ya, obedientes al açicate, corren en hileras los ginetes ardientes y las yeguas ligeras. No escusas, no, la lança y el trançado arnés, en sólo el ámbar y el curioso peyne (¡oh varón!, ¡oh rey!) exercitado: ¿no vees quán espantoso vaja el campo, y formado? Mira cómo Tarife, travesando osado por las huestes y valiente, tu enseña abate, y Muza destroçando (asombro de tu gente) los campos va talando. Conoçerás allí al nunca vencido Almançor, que en tu mengua se engrandeçe. Mas al conde, ay, ¿no vees quán sin sentido y hierbe y se enfureçe, buscándote ofendido? No assí medroso gamo, no assí presto, será que deel hambriento lobo huya, qual flaco tú deel émulo molesto: haviendo a aquesta tuya prometido no aquesto. Trayrá -presago yo- al godo su día, tras no muchos diziembres, la africana armada que ya el Çielo ayrado guía: cayrá tu soberana y antigua monarquía.” (He de seguir buscando más señales de aquel Don Francisco Medrano, poeta del dieciséis, eterno en el diecisiete. Josefina Medrano de Pereyra amiga a perpetuidad, me ha llamado y ha dicho que ella desciende de aquella familia de estirpe española y nada sabe, como yo tampoco sé de la nuestra… Mas asumo el desafío y he de seguir buscando tal vez en ese camino encuentre algún peregrino que pueda acercar más datos. Nidia Orbea Álvarez de Fontanini. Santa Fe de la Vera Cruz República Argentina. Domingo, 09/05/04 Hora 20:17:03) [1] Parnaso. Diccionario Sopena de Literatura. Barcelona, Editorial Sopena, 1972, Tomo I.