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Luis Fernando Gudiño (1927-1978)

Regreso.

Micrografías.

Figuras en la arena.

 

En la ciudad de San Justo, provincia de Santa Fe, en 1927 nació Luis Fernando Gudiño.  Periodista, poeta y narrador, firmaba con el seudónimo Luis F. Oribe. Comenzó su labor periodística en la Redacción del diario “El Litoral” de la capital santafesina y ascendió al cargo de prosecretario.  [1]

Colaboró con la publicación de sus trabajos en ese diario y en “La Capital” de Rosario.  En 1954, en esa ciudad obtuvo el segundo premio en un certamen de poemas ilustrados. En 1956, en la redacción de la revista Síntesis de Rosario seleccionaron y publicaron uno de sus cuentos. En 1958, Hombre de la tarde fue distinguido con el tercer premio en el certamen organizado por el diario “La Razón” de Buenos Aires.

Un año después, Rosa Troiani lo incluyó en Cuentos del Litoral. (Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1959).

En un certamen provincial convocado por periodistas, obtuvo un premio por su ensayo titulado La libertad de prensa.

En 1967 incluyeron cuentos de Luis F. Gudiño en la selección “13-19” editada por iniciativa de Eduardo Raúl Storni (1909-1981), siendo presidente de la ASDE en el período 1961-1965 (Asociación Santafesina de Escritores fundada en octubre de 1955). La coordinación para ese proyecto estuvo a cargo de los cuentistas Edgardo Pesante y Arturo Lomello. Veinte años después, Pesante comentó que “el 31 de julio de 1967 trece autores firmábamos un acta de compromiso y en noviembre” -el último día de ese mes- “se terminaba de imprimir en los talleres de Colmegna ‘13-19’ (trece autores, diecinueve cuentos) que fue presentado un mes más tarde.  Hablaron entonces Gastón Gori, a quien se pidió que escribiera el prólogo y el antes mencionado Lomello.  Los participantes de la muestra –todos entusiastas de la idea- no pertenecían a un determinado grupo, sino que surgieron de invitaciones que se fueron trasmitiendo hasta alcanzar un número de adherentes que permitiera la realización de la empresa.”

Ese libro fue diagramado siguiendo el orden alfabético de los apellidos de los autores y una página con breves referencias biográficas y literarias, precede a cada conjunto de cuentos.   Pesante en aquel comentario difundido desde la comarca y el mundo del litoral, reiteró títulos de algunos cuentos y tales antecedentes de los autores, también diversas críticas favorables y acerca de Luis Gudiño escribió:

“L. F. Oribe –seudónimo literario de Luis Fernando Gudiño (1927-1978)- dio a conocer ‘Hombre de la tarde’ y ‘Regreso’, y no agregó ningún título al único libro publicado: ‘El río Paraná, protagonista’, ensayo de 1959.”

Aquí, la reiteración de Regreso, como reconocimiento a su fecunda labor periodística y literaria:

Regreso

El hombre descendió, con su maletín, del ómnibus polvoriento y se quedó inmóvil en la vereda, mirando con ojos ávidos las casas que lo rodeaban, la calle, la esquina.

Luego, arrastrando sus viejos zapatos despaciosamente, empezó a recorrer la ciudad.  Tenía tiempo de sobra.

El resto de la vida por delante.

Esa noche, y la siguiente; y la otra, y la otra, lo sorprendieron fatigando sus pasos por barrios y lugares que él conociera; repitiendo nombres familiares, recreando rostros vividos en su memoria.

Peguntando, una y cien veces.  En vano.

Porque ya nadie recordaba nada de lo que él intentaba rescatar del olvido.

En más de veinte años de ausencia, todo su pasado parecía haber huido hacia otras geografías; haberse diluido sin remedio. Y mientras proseguía transitando la ciudad que una vez habitara sin remordimientos y que ahora le golpeaba el rostro, ajena, distante, irrescatable, el hombre del maletín advirtió –de pronto- que él también había dejado de pertenecer a esa ciudad y a aquel tiempo.

Que en esa y en todas las otras ciudades le ocurriría lo mismo.  Y que volvería a cansar sus piernas, sus ojos, sus manos, tratando de asir algo que ya no estaba en el lugar de antes.

En el que se encontraba aquel día en que fuera enviado a prisión.  Y comprendió también que su verdadera condena era esa: no los veinte años de cárcel, sino el tiempo que le restaba por vivir, tratando en vano de aferrarse a las cosas, que lo rodeaban, buscando desesperadamente un pretexto para seguir viviendo.

………………………………………………………………………………………………………………………

El conductor le dijo, mientras lo despertaba:

-¡Eh, amigo!… Hemos llegado… ¿Se va a bajar o no?…    [2]

Entonces del ómnibus polvoriento bajó un hombre portando un maletín.

Mientras permanecía inmóvil, mirando con ávidos ojos las casas, la calle, la esquina, pensó: ¡’Qué pesadillla’!  Y arrastrando sus viejos zapatos empezó a recorrer la ciudad a la cual regresara después de más de veinte años de ausencia.  Comenzó a transitarla sin urgencias; a observarla sin apremios.  Tenía tiempo de sobra: después de veinte años de cárcel, todos los que le restaban –de vida- por delante.

Micrografías

Cada segundo

contiene la acechanza

del pasado

y del futuro.

Pero todas las horas

duelen por igual

en el silencio

y cada minuto

tiene un nombre

que nos recuerda

el rostro

del tiempo.

(Cuando lo comprendas,

sólo entonces,

sabrás que vivir

y morir

no es

un mero

accidente).

* * * * * * * * * * * * *

Un árbol fraternal

y cerca

un río,

flores

pájaros

y tal vez

silencios.

¿Para qué más?

(A veces

también quisiera

que no fuera

una mera ilusión

sentir tu mano

sobre mi frente).

                                                                       Luis F. Gudiño.

Figuras en la arena.

Él estaba de pie, sobre la arena húmeda, mirando el río con sus ojos tristes.  Quizás por eso -porque era un hombre de ojos tristes-, estaba allí, en la noche, con el deseo de que algo inusitado quebrara la monótona marcha del tiempo.  Y su nostalgia.

Había pensado ya en numerosas y súbitas apariciones: estrellas descendiendo hasta sus pies, en la noche velada; fantasmales barcos remontando las aguas del canal; grises pájaros arrojados a la costa, y mil voces y músicas entrelazándose con su silencio.

Y también pensó en las sirenas.  Imaginó sus ojos; sus nombres.  Las fue vistiendo, con su propia soledad y su espera.

-¡Qué locura… -se dijo-.  Las sirenas sólo existen en los cuentos irreales o fantásticos…!

Pero no tuvo tiempo de pensar. “Es un suicidio… Un suicidio, evidentemente”.  Los suicidas no agitan sus verdes cabellos con un dejo de despreocupada inocencia; ni desnudan la mojada sonrisa de sus labios. Y sin embargo, desde el cauce levemente encendido, estupefacto, incrédulo, vio surgir un extraño rostro de mujer.

No era un sueño más.  Tampoco la culminación de su locura.

Sorprendidas voces de niños, se alzaron en medio de la playa, y de pronto:

-Sus cabellos… Mira… ¡Qué largos sus cabellos…”

-¡Su cuerpo es de espuma…!

-¡Sí… y qué hermosa es…!

La aparición comenzó a nadar hacia su orilla, y casi sin advertirlo, la encontró a su lado.  Dulcemente pronunció su nombre, y abandonó una mano entre las suyas.

Eres un hombre triste –le dijo-, y sin embargo, aunque te obsesione la soledad, nunca estarás solo.  Siempre encontramos a alguien, cuando regresamos en busca de nosotros mismos.

La voz musical penetró su sangre; recorrió en súbitos temblores de latitud completa de su cuerpo, y su desamparo; quemó en sus dedos trémulos el deseo de acariciar esos cabellas perfumados por el río, y le hizo acercar, jadeante, los labios afiebrados hasta aquellos profundos ojos húmedos…

La sirena reclinó su frente en el pecho del hombre triste, y poco a poco la noche –esa noche de altas y veladas estrellas-, la fue desdibujando del contorno real de las cosas, y las sombras.

Apenas una gota de agua, verde y fría, resbaló de su corazón hasta los dedos silenciosos del amante…

-Loco.  Estoy irremediablemente loco, pensó.

Y volvió el rostro para huir de su propia locura; de su propio secreto; cuando oyó la voz de la aparición, que le decía:

-¡Tú la has muerto…! ¡Tú la has muerto…!

Agitado y trémulo se encontró frente a un cuerpo de mujer.

Por última vez, él recordó que estaba allí, de pie sobre la arena húmeda, porque deseaba que algo inusitado borrara la monotonía de su nostalgia.

Después supo que él había matado a la sirena.

Supo que cuando las manos del hombre aprisionan una irrealidad, ésta muere.

Y que cuando una sirena ama, e intenta penetrar su mundo, tiene que transformarse en mujer.

Todo esto lo comprendió –como comprendió también que el universo de los niños no era el mismo universo suyo- mientras la noche despeinaba los largos cabellos de ese ser tendido a su lado; ambos a la vera del río, detenidos junto a la música del agua como dos barcos fatigados…

L.F.G.

Lecturas y síntesis: Nidia Orbea de Fontanini.

 

[1] En esta página, reiteración de sus trabajos publicados en La comarca y el mundo, suplemento semanal del Diario “El Litoral de Santa Fe de la Vera Cruz, 19 de mayo de 1984, p. 5.

[2] En la página 114 de “13-19” está escrito “Hemos legado” y aquí agregué la letra que evidentemente habían omitido en esa edición.

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